SABADO 09 MAYO 2026
Nos duele el feminicidio. Nos indigna. Nos rompe. Pero también nos incomoda mirarnos al espejo.
Porque mientras exigimos justicia y debemos hacerlo pocas veces hablamos de la responsabilidad emocional, cultural y social que también tenemos las mujeres en la formación de hombres que un día terminan destruyéndonos.
Sí, el Estado falla. Sí, existen impunidad, carpetas mal integradas y protocolos deficientes. Pero esta columna no trata de fiscales, jueces ni gobiernos.
Trata de nosotras. De lo que callamos. De lo que repetimos. De lo que normalizamos.
Porque muchas veces criamos hijos emocionalmente inválidos y después nos sorprendemos cuando se convierten en hombres violentos.
Desde pequeños les enseñamos que llorar es debilidad, que mandar es masculinidad y que una mujer “buena” soporta, perdona y aguanta.
Los hacemos reyes de hogares donde la madre se sacrifica hasta desaparecer mientras el hijo aprende que siempre habrá una mujer limpiando sus errores, justificando sus excesos y sanando sus miserias.
Creamos hombres incapaces de tolerar un “no”.
Hombres que confunden amor con posesión. Hombres que creen que una mujer les pertenece.
Y después, cuando asesinan, nos preguntamos en qué momento se convirtieron en monstruos.
Pero los monstruos no nacen de la nada.
Se forman lentamente entre sobreprotección, machismo heredado, dependencia emocional y mujeres enseñando a otras mujeres a minimizarse para ser amadas.
Somos expertas en despedazarnos entre nosotras.
La suegra que humilla. La madre que enseña a la hija a servir primero al hombre. La amiga que culpa a la víctima. La mujer que critica a otra por divorciarse, denunciar o priorizarse.
Nos educaron para competir entre nosotras y proteger emocionalmente a los hombres.
Envidiamos a la otra por sus atributos físicos, económicos, emocionales o profesionales.
Y eso también mata.
En México, la violencia contra las mujeres sigue siendo una herida abierta. Durante 2025 se registraron en promedio siete asesinatos de mujeres al día y 34 desapariciones diarias, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP).
Entre enero y agosto de 2025 se contabilizaron 444 feminicidios oficiales, y Chihuahua apareció entre los estados con mayor incidencia nacional.
Pero las cifras oficiales apenas muestran una parte del horror. Especialistas advierten que muchas muertes violentas de mujeres ni siquiera son investigadas como feminicidio.
De acuerdo con reportes periodísticos basados en datos oficiales, solo una de cada cuatro muertes violentas de mujeres se investiga bajo esa clasificación.
Sin embargo, hay una violencia que no aparece en estadísticas.
La violencia de enseñarle a una niña que su valor depende de cuánto aguanta.
La violencia de decirle a una mujer que sin pareja “fracasó”.
La violencia de criar hijos convencidos de que la mujer existe para servirles emocionalmente.
La violencia de abandonar nuestro crecimiento económico y emocional por comodidad, miedo o dependencia.
Nos abandonamos a nosotras mismas.
Invertimos años construyendo hombres mientras dejamos derrumbarse nuestra autoestima, nuestra independencia y nuestros sueños.
Muchas mujeres conocen perfectamente las necesidades emocionales de su pareja, pero jamás han trabajado en sanar sus propias heridas.
Y eso también es una tragedia colectiva.
Porque una mujer económicamente dependiente tiene más probabilidades de permanecer en círculos de violencia.
Porque una mujer emocionalmente destruida difícilmente podrá enseñar amor propio a sus hijos. Porque una niña que crece viendo humillación aprende a romantizarla.
La discusión no debería ser “hombres contra mujeres”.
La discusión es qué tipo de sociedad estamos formando desde casa.
Y sí, esta columna incomodará.
Habrá quienes digan que responsabilizar a las mujeres es revictimizarlas. No lo es.
El único culpable de un feminicidio es quien mata. Punto.
Pero también es verdad que como sociedad hemos romantizado conductas destructivas y muchas veces las primeras en perpetuarlas somos nosotras mismas.
No podemos exigir hombres emocionalmente sanos mientras seguimos criando niños incapaces de responsabilizarse de sí mismos.
No podemos pedir respeto si seguimos enseñando sumisión.
No podemos hablar de sororidad mientras seguimos destruyéndonos entre mujeres.
Tal vez el cambio verdadero no empieza en las marchas ni en los discursos políticos.
Tal vez empieza cuando una madre deja de criar machos y comienza a formar hombres conscientes.
Cuando una mujer deja de mendigar amor.
Cuando aprendemos que protegernos entre nosotras también es educar distinto.
Porque mientras sigamos criando lobos, seguiremos enterrando mujeres.
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