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El arte más allá de la mercancía: hermenéutica, filosofía y curaduría en torno a Picasso

Pablo Picasso

DOMINGO 01 FEBRERO 2026

POR JACK RO

El artículo explora la frase de Picasso como crítica a la mercantilización del arte, destacando su dimensión hermenéutica, filosófica y semiótica. Subraya el papel de la curaduría y los museos en preservar la memoria cultural, resistir la banalización y proyectar trascendencia histórica.

CD. JUAREZ, CHIH.-Cuando Pablo Picasso afirmó que “el arte no era para vender jabón, sino para vivir en museos y quedar en la historia”, no solo enunció una frase provocadora, sino que trazó una frontera conceptual entre el arte como mercancía y el arte como memoria cultural. Esta declaración, aparentemente sencilla, condensa un trasfondo hermenéutico, filosófico y semiótico que sigue siendo vigente en la práctica curatorial contemporánea.

El presente ensayo busca explorar esa frase como punto de partida para reflexionar sobre el lugar del arte en la sociedad, su relación con la economía y la publicidad, y la responsabilidad de los museos y la curaduría en garantizar que las obras no se reduzcan a objetos de consumo inmediato, sino que permanezcan como símbolos de la historia y la cultura.

La hermenéutica, entendida como el arte de la interpretación, nos invita a leer la frase de Picasso en su contexto histórico y en su proyección hacia el presente. “Vender jabón” funciona como metáfora de lo utilitario, lo efímero y lo desechable. En contraste, “vivir en museos” remite a la permanencia, a la inscripción del arte en un horizonte de sentido que trasciende generaciones.

Desde esta perspectiva, el arte no se agota en su valor económico ni en su función decorativa. Su verdadero sentido emerge en el diálogo entre obra y espectador, en la interpretación que se renueva constantemente. El museo, como espacio hermenéutico, se convierte en mediador de ese diálogo, asegurando que las obras no se pierdan en el ruido del consumo, sino que se mantengan abiertas a nuevas lecturas.

La filosofía del arte ha debatido durante siglos sobre la naturaleza y el fin del arte. La frase de Picasso se inscribe en esa tradición al rechazar la reducción del arte a mercancía y situarlo en la esfera de la trascendencia.

En la ontología del arte, dicho de manera concreta, es la rama de la filosofía que estudia qué es el arte en su ser más fundamental: su naturaleza, sus condiciones de existencia y aquello que lo distingue de otros objetos o prácticas humanas. El arte no es un objeto cualquiera; su ser está ligado a la expresión, a la revelación de mundos posibles.

El fin del arte no es persuadir al consumidor ni reducirse a un objeto de intercambio inmediato, sino construir memoria, sentido y experiencia compartida. Su propósito se vincula con la capacidad de inscribirse en la historia y de abrir horizontes de interpretación. El museo representa un espacio donde el arte se conserva, se resignifica y se proyecta hacia el futuro, estableciendo un diálogo permanente entre pasado, presente y comunidad.

La ética y la estética del arte convergen en la responsabilidad de crear belleza que, además de conmover, eleve y transforme la conciencia colectiva. La declaración de Picasso también tiene una dimensión ética. El arte, al resistir la banalización, asume una responsabilidad frente a la sociedad: ofrecer experiencias de verdad, belleza y crítica, más allá de la lógica del mercado.

La semiótica nos permite analizar la frase como un sistema de signos. “Jabón” es signo de lo efímero, de lo que se consume y desaparece. “Museo” es signo de lo duradero, de lo que se conserva y se resignifica.
El arte, en este marco, no es un signo persuasivo como la publicidad, cuyo objetivo es convencer de una compra. Es un signo abierto, polisémico, que invita a múltiples interpretaciones.

La diferencia es crucial: mientras la publicidad busca cerrar el sentido en una acción inmediata, el arte abre el sentido hacia la historia, hacia la memoria colectiva y hacia la posibilidad de nuevas lecturas.
La curaduría contemporánea se encuentra en el centro de esta tensión. Si el arte “vive en museos”, es el trabajo curatorial el que garantiza esa vida. El curador no solo selecciona y organiza obras, sino que construye narrativas que las inscriben en la historia.

La responsabilidad cultural de la curaduría consiste en preservar y proyectar el arte como patrimonio vivo, evitando que se reduzca a simple mercancía. El curador actúa como mediador crítico entre obra y público, construyendo narrativas que inscriben las piezas en la memoria colectiva y fortalecen la identidad cultural. Su tarea es garantizar accesibilidad, contextualización y diálogo, de modo que el arte permanezca como símbolo de reflexión, historia y transformación social.

La curaduría protege al arte de ser reducido a mercancía, asegurando que las obras se presenten como símbolos de memoria y no como objetos de consumo.

El acto político y ético de la curaduría con respecto al arte se concreta en la decisión de qué obras se exhiben, cómo se interpretan y qué narrativas se construyen alrededor de ellas. Cada selección y montaje implica un posicionamiento: preservar la memoria cultural, resistir la mercantilización y abrir espacios de diálogo crítico. Éticamente, la curaduría garantiza accesibilidad y respeto a la diversidad; políticamente, define qué voces y experiencias quedan inscritas en la historia colectiva.

Exhibir una obra es también un gesto político: decidir qué se conserva, qué se muestra y cómo se interpreta. En este sentido, la curaduría es un acto de resistencia frente a la mercantilización cultural.
La narrativa institucional del arte en la curaduría se refiere al relato que los museos y espacios culturales construyen al seleccionar, organizar y presentar las obras.

Es el marco discursivo que legitima qué piezas se exhiben, cómo se interpretan y qué valores se transmiten al público. En concreto, la curaduría no solo muestra arte, sino que genera un discurso institucional que inscribe las obras en la historia, define cánones y orienta la memoria cultural colectiva.
El museo, a través de la curaduría, construye la narrativa que permite al arte “quedar en la historia”. Sin esa mediación, la frase de Picasso perdería su fuerza, pues el museo es el espacio donde la obra se convierte en legado.

La frase de Picasso es más que una provocación: es una declaración de principios que sigue interpelando a la sociedad contemporánea. Hermenéuticamente, nos invita a interpretar el arte como lenguaje abierto; filosóficamente, lo sitúa en la esfera de la trascendencia y la verdad; semióticamente, lo distingue de los signos utilitarios de la publicidad; y curatorialmente, subraya la responsabilidad de los museos en garantizar que el arte no se reduzca a mercancía, sino que permanezca como memoria cultural.

En un mundo donde la mercantilización amenaza con absorber todas las formas de expresión, la frase de Picasso nos recuerda que el arte no se mide por su capacidad de vender, sino por su poder de permanecer. El desafío para la curaduría y para las instituciones culturales es mantener vivo ese poder, asegurando que las obras no solo se exhiban, sino que se inscriban en la historia como testimonios de la creatividad humana y como símbolos de resistencia frente a la banalización.

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