DOMINGO 15 MARZO 2026
El discurso del PT revela tensiones internas de la izquierda mexicana, manifiesta una autocrítica parcial, con un antagonismo emocional y una resistencia a la reforma. La conciencia ciudadana observa cómo los ideales se subordinan a intereses inmediatos, debilitando la unidad y poniendo en riesgo la transformación democrática.
POR JACK RO
El Partido del Trabajo (PT) en Ciudad Juárez es un partido de izquierda nos guste o no, surgió como heredero de movimientos sociales en la década de los años 70 y 80, consolidándose formalmente en los 90 como una fuerza política ligada a movimientos sociales locales como el Comité de Defensa Popular (CDP). Sus dirigentes más visibles en la frontera han sido Pedro Matus Peña y Hugo Avitia, quienes han encabezado comités municipales y regidurías, con funciones centradas en la gestión social y la representación de sectores populares.
Buscando legitimidad en colonias y sectores marginados como Tierra y Libertad. El movimiento político mostró una tensión constante entre la defensa de ideales de izquierda y la necesidad de sobrevivir mediante alianzas, lo que en la conciencia ciudadana se traduce en una percepción ambivalente de su papel como fuerza transformadora o como partido pragmático de acompañamiento.
Antecedentes históricos en la década de los 70s tras la represión del movimiento estudiantil de 1968 y la matanza de Tlatelolco, el gobierno de Luis Echeverría buscó controlar y manipular expresiones de izquierda.De ahí surgieron movimientos como la Liga Comunista 23 de Septiembre, que aunque nació como respuesta revolucionaria, fue infiltrada y debilitada por el propio aparato estatal.
En los movimientos locales en Ciudad Juárez emergieron liderazgos como Pedro Matus y el Comité de Defensa Popular (CDP), vinculados a luchas sociales por vivienda y servicios básicos. No obstante, el CDP fue señalado como un satélite del PRI, lo que muestra cómo la izquierda fronteriza muchas veces quedó atrapada entre la resistencia popular y la cooptación institucional.
La ESAHE (Estudiantes Socialistas Autónomos de Chihuahua): Otro movimiento de izquierda que, aunque con discurso radical, terminó también orbitando alrededor de estructuras tradicionales, mostrando la dificultad de sostener autonomía política en un contexto de represión y clientelismo.
La parlamentaria del PT retoma una frase atribuida a López Obrador: —“a este movimiento solo lo podía acabar este movimiento”— se reconoce que los riesgos más graves provienen de dentro: intolerancia, sectarismo, pleitos por puestos y corrupción.
Este recurso retórico busca legitimidad apelando a la memoria del líder, pero al mismo tiempo expone una fractura: el PT se presenta como defensor de la pluralidad y la identidad, pero lo hace en desacuerdo con una reforma que pretende desmontar mecanismos de corrupción histórica.
La política del discurso a la autocrítica aparente al señalar la corrupción “dentro del movimiento”, la vocera reconoce un problema real, pero lo hace en un contexto de desacuerdo con la reforma, lo que convierte la autocrítica en un argumento de oposición interna.
La vocera, al defender la identidad del partido, corre el riesgo de que la ciudadanía perciba más un cálculo de sobrevivencia que un compromiso con la transformación.En la conciencia colectiva, este tipo de discursos generan ambivalencia: por un lado, validan la crítica interna como necesaria para evitar desviaciones; por otro, alimentan la percepción de que los pleitos por puestos y las divisiones son más fuertes que los ideales compartidos.
El antagonismo del discurso en la frase “asumimos el ataque, nunca pensamos que vendría de nuestros hermanos de clase” dramatiza la ruptura, trasladando la discusión de lo técnico a lo emocional. Se construye un relato de traición entre aliados, lo que refuerza la percepción de división.
En la deslegitimación del adversario al acusar a la oposición de “discurso vacío” y “sin calidad moral”, el PT reproduce la lógica de confrontación clásica del panismo, pero al mismo tiempo se distancia de Morena, debilitando la unidad del bloque progresista.
Los trasfondos políticos de sus liderazgos se movieron entre la resistencia genuina y la negociación con el poder. Familias como la Aguilar Gil estuvieron vinculadas a estas dinámicas, reflejando cómo la política local se entrelazan con intereses familiares y comunitarios.
El PT, aunque se presenta como partido de izquierda, ha sido percibido como un “partido veleta”, capaz de aliarse con distintas fuerzas según la coyuntura. Esto refleja una tensión constante. Para defender principios y asegurar la supervivencia política.
En una ontología política, en sus fundamentos de ser y pertenecer, es preguntarse qué es lo político en sí mismo, qué lo hace posible y cómo se manifiesta en la realidad, también la manera en que las personas se reconocen como parte de un “nosotros” y construyen una identidad política.aplicada al ámbito político, buscando comprender la posibilidad de las condiciones de cómo se configuran las relaciones del poder, su ideología y su razón de existencia. No se trata únicamente de instituciones o liderazgos, sino de las estructuras profundas que hacen posible la acción y la conciencia ciudadana.
La ontología política de los movimientos fronterizos revela que la izquierda en Ciudad Juárez ha oscilado entre la radicalidad discursiva y la práctica pragmática. Esta tensión ha generado una conciencia ciudadana ambivalente: por un lado, esperanza en el cambio y en la posibilidad de transformar la realidad; y por otro, la desconfianza hacia liderazgos que, en su negociación con el poder, terminan debilitando los ideales fundacionales.
En este sentido, la reflexión ontológica nos obliga a mirar más allá de la coyuntura electoral o de las alianzas estratégicas. Nos invita a reconocer que lo político en la frontera no es solo un juego de partidos, sino una forma de ser colectivo que se construye en la memoria, la resistencia y la aspiración de justicia.
En la memoria colectiva de Juárez, estos movimientos dejaron huella con la idea de que la lucha social puede ser auténtica, pero también que puede ser desviada o utilizada como instrumento de legitimación por los partidos tradicionales.
La verdadera crítica no debe quedarse en señalar a partidos o líderes, sino en reconocer que la conciencia ciudadana también ha permitido estas desviaciones: al aceptar clientelismos, al normalizar la corrupción, o al no exigir coherencia en los discursos de izquierda.
El reto actual es superar esa herencia: construir una izquierda fronteriza que no repita el patrón de ser satélite del poder, sino que logre articular unidad, coherencia y compromiso con los ideales democráticos.
Este discurso refleja una tensión histórica de la izquierda en México: la dificultad de mantener coherencia entre principios y prácticas. El PT, como partido que ha sobrevivido gracias a alianzas coyunturales, se enfrenta a la crítica de ser “veleta”.
El reto es superar la lógica de pleito y recuperar la coherencia: que la pluralidad sea auténtica, que la crítica interna sea constructiva y que la unidad se mantenga como principio rector. De lo contrario, como bien advierte la frase inicial, el movimiento corre el riesgo de ser debilitado desde dentro.
El discurso de la parlamentaria del PT refleja una tensión interna que atraviesa a la izquierda mexicana: la dificultad de mantener coherencia entre los ideales fundacionales y las prácticas parlamentarias.
La contradicción es evidente: se denuncia la desviación de ideales, pero se resiste a un cambio que busca precisamente corregirlos.La política del discurso muestra tres rasgos: la autocrítica parcial, que reconoce problemas internos pero los convierte en argumento de oposición. El antagonismo emocional, al dramatizar la ruptura con “hermanos de clase”, traslada el debate de lo técnico a lo moral.
Y la deslegitimación del adversario, al acusar a la oposición de vacío y falta de calidad moral, pero sin ofrecer un plan alternativo claro. En la conciencia ciudadana, este tipo de discursos generan ambivalencia: validan la crítica interna como necesaria, pero también alimentan la percepción de que los pleitos por puestos y las divisiones pesan más que los ideales compartidos.El discurso del PT, más que fortalecer la pluralidad, evidencia la fragilidad de la unidad dentro del movimiento.
La autocrítica que se enuncia se convierte en arma política, y la defensa de identidad se confunde con resistencia a la transformación. La lección es clara: la verdadera amenaza no proviene de la oposición externa, sino de la incapacidad de los propios actores de izquierda para superar el sectarismo y los intereses inmediatos.
La verdadera autocrítica no debe quedarse en señalar al PT o a Morena, sino reconocer que la conciencia ciudadana también se ve atrapada en estas tensiones. Cuando los partidos de izquierda convierten la pluralidad en antagonismo, la ciudadanía percibe que los ideales se subordinan a intereses inmediatos. Este recurso retórico busca legitimar su postura apelando a la memoria del líder fundador, pero también expone una autocrítica que, paradójicamente, se convierte en arma política dentro del mismo movimiento.
La conciencia colectiva debe asumir que el cambio democrático exige coherencia, lealtad a los principios y capacidad de autocrítica constructiva.Si el PT y sus voceros convierten la crítica en oportunidad de renovación, podrán contribuir a la transformación; si la convierten en antagonismo, corren el riesgo de debilitar el movimiento desde dentro, cumpliendo la advertencia de que “solo este movimiento puede acabar con este movimiento”.
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