JUEVES 22 ENERO 2026
POR JACK RO
La pintura mural, México mesoamericana europeizada colonizada mestiza desde Bonampak hasta Orozco, articula mito, rito y crítica. Legitima el poder cósmico maya y denuncia la violencia histórica moderna. Es un archivo simbólico, espejo del inconsciente colectivo y lenguaje visual que construye memoria, identidad y conciencia social.
CD. JUAREZ, CHIH.- La historia, la mitología y la literatura han sido, desde tiempos antiguos, matrices narrativas que se transforman en imágenes, novelas, cuentos, fábulas, ficciones religiosas y relatos de la vida real que se transfiguran en representaciones visuales que, más allá de su dimensión estética, constituyen discursos cargados de significación.
En este sentido, la pintura mural se presenta como un espacio privilegiado donde convergen la semiótica del arte, la filosofía estética y las interpretaciones provenientes de la arqueología y la psicología.
La pintura mural, desde las cámaras ceremoniales mayas hasta los muros del Hospicio Cabañas, ha sido mucho más que un recurso decorativo, constituyen un lenguaje político, filosófico y semiótico que articula mito, rito, poder y crítica. En ella, la imagen se convierte en un medio de comunicación que no solo transmite belleza, sino que también construye memoria, identidad y conciencia colectiva.
En este cruce de tradiciones, los murales de Bonampak, realizados en el siglo VIII d.C., y los frescos de José Clemente Orozco, pintados entre 1937 y 1939, revelan cómo la imagen mural se convierte en archivo simbólico de la memoria. En Bonampak, las escenas de batallas, ceremonias y sacrificios legitiman el poder de la élite gobernante y proyectan la cosmovisión maya, donde la violencia ritual no es barbarie, sino mecanismo regenerativo que asegura la continuidad del universo. La disposición arquitectónica de la cámara ceremonial obliga al espectador a recorrer las escenas como secuencia narrativa, convirtiendo el espacio en un guion ritual.


En contraste, Orozco concibe el mural como confrontación crítica. Sus frescos en el Hospicio Cabañas dramatizan la conquista, el mestizaje y la revolución no como epopeyas gloriosas, sino como traumas históricos. El fuego simboliza destrucción y purificación; las máquinas representan el progreso deshumanizado; los cuerpos fragmentados denuncian la alienación moderna.
Desde la filosofía del arte, Orozco convierte la pintura mural en crítica visual de la historia nacional. Desde sus murales se revela el inconsciente moderno la angustia, la alienación y el mestizaje como herida abierta. El espacio arquitectónico del Hospicio Cabañas, antiguo orfanato y hospital, se transforma en escenario de confrontación histórica, donde la monumentalidad pictórica envuelve al espectador y lo obliga a reflexionar sobre su identidad.
La comparación curatorial entre Bonampak y Orozco muestra dos funciones contrapuestas del mural. En Bonampak, el arte legitima el poder y ordena el cosmos; en Orozco, lo cuestiona y denuncia la violencia histórica. En los mayas, el cuerpo sacrificado asegura la continuidad cósmica; en Orozco, el cuerpo deshumanizado refleja la fractura del inconsciente moderno. Ambos lenguajes utilizan el cuerpo como superficie simbólica y ambos inscriben su mensaje en espacios arquitectónicos que refuerzan la experiencia inmersiva: la cámara ceremonial maya como teatro del mito y el Hospicio Cabañas como escenario de crítica.


La pintura mural, tanto en la tradición maya como en el muralismo moderno mexicano, es un dispositivo político y simbólico que articula mito, rito, poder y crítica. En Bonampak, legitima la élite y asegura la continuidad cósmica; en Orozco, desmantela los mitos nacionales y confronta al espectador con la violencia de la modernidad. Ambos revelan que la imagen en el muro no es neutra: es archivo de la memoria, espejo del inconsciente colectivo y lenguaje que articula la relación entre sociedad, mito e historia.
La curaduría contemporánea tiene la tarea de mostrar que el mural construye identidad, conciencia y memoria, funcionando como un lenguaje visual que sigue interpelando al público y recordándonos que la historia no es lineal ni gloriosa, sino un ciclo de violencia, regeneración y memoria.
Los murales de Bonampak constituyen uno de los testimonios más complejos del periodo Clásico maya. Descubiertos en la Estructura 1 de la Acrópolis, narran batallas, ceremonias y rituales que legitiman la autoridad de la élite gobernante y proyectan su cosmovisión.
La jerarquía social se representa con claridad: gobernantes, nobles, guerreros y cautivos aparecen en una composición saturada de figuras que enfatiza la estratificación.
Los ritos ceremoniales, como procesiones, danzas y sacrificios, refuerzan la relación entre poder político y orden cósmico.

La iconografía está impregnada de símbolos míticos: la sangre como regeneración, la música como mediación divina y la guerra como equilibrio universal.
Desde la antropología, estos murales son narraciones visuales que codifican la relación entre sociedad y cosmos, donde la violencia ritual no es barbarie, sino mecanismo regenerativo que asegura la continuidad del universo.
La arqueología revela que la cámara ceremonial funciona como guión ritual: ingresar en ella era participar del mito y reafirmar la pertenencia al ciclo sagrado.
En términos de filosofía del arte, Bonampak es un espejo de la cosmovisión maya, donde cada símbolo articula una visión del mundo que legitima el poder y ordena el cosmos.
La semiótica permite descifrar cómo los signos visuales —tocados, colores, gestos— producen significados que trascienden su tiempo, inscribiendo al espectador en un ciclo cósmico.

En contraste, José Clemente Orozco concibe la pintura mural como confrontación crítica. Sus frescos en el Hospicio Cabañas reinterpretan la historia de México desde la conquista hasta la revolución, no como epopeyas gloriosas, sino como traumas históricos.
Su lenguaje expresionista dramatiza la violencia y la alienación: el fuego simboliza destrucción y purificación, las máquinas representan el progreso deshumanizado y los cuerpos fragmentados denuncian la alienación moderna.
Desde la filosofía del arte, Orozco convierte la pintura mural en crítica visual de la historia nacional. Sus murales revelan el inconsciente moderno: angustia, alienación y mestizaje como herida abierta.
El espacio arquitectónico del Hospicio Cabañas, antiguo orfanato y hospital, se convierte en escenario de confrontación histórica, donde la monumentalidad pictórica envuelve al espectador y lo obliga a confrontar su identidad nacional.
La violencia deja de ser regenerativa, como en Bonampak, para convertirse en trauma colectivo.
El espectador contemporáneo recibe un mensaje incómodo: la historia no es lineal ni gloriosa, sino conflictiva, marcada por ciclos de destrucción y resistencia.La comparación curatorial entre Bonampak y Orozco revela dos funciones contrapuestas del mural.

En Bonampak, el pintor maya no se limita a narrar escenas, sino que construye un mensaje de legitimación y obediencia.
Su objetivo es reafirmar la identidad colectiva, inscribiendo al espectador en un ciclo cósmico donde el gobernante aparece como mediador entre lo humano y lo divino.
La violencia ritual, la música y los tocados no son ornamentos, sino signos de un orden superior que exige aceptación. En Orozco, el mural se convierte en espejo incómodo de la identidad nacional.
Su objetivo es provocar incomodidad y reflexión crítica.
El espectador contemporáneo no participa de un rito cósmico, sino que es interpelado por imágenes que denuncian la violencia histórica, el mestizaje como trauma y la alienación moderna.
En Bonampak, el cuerpo sacrificado asegura la continuidad cósmica; en Orozco, el cuerpo deshumanizado refleja la fractura del inconsciente moderno.
Ambos lenguajes utilizan el cuerpo como superficie simbólica y ambos inscriben su mensaje en espacios arquitectónicos que refuerzan la experiencia inmersiva: la cámara ceremonial maya como teatro del mito y el Hospicio Cabañas como escenario de crítica.
La arqueología del espacio revela que tanto en piedra como en muro, el arte mural es inseparable de la arquitectura: es cosmos narrado y conciencia dramatizada.
La filosofía del arte y la semiótica permiten comprender cómo estos frescos trascienden su tiempo.
En Bonampak, la pintura es filosofía encarnada en cada símbolo articula una visión del mundo donde el arte legitima el poder y ordena el cosmos.
Desde una psicología con un trasfondo interpretativo estético sensorial y reflexivo, los murales expresan el inconsciente colectivo maya, donde la violencia ritual canaliza tensiones sociales y cósmicas.
En Orozco, la pintura es crítica filosófica: el fuego, las máquinas y los cuerpos deshumanizados son signos de destrucción y renacimiento. El inconsciente moderno se manifiesta en la angustia, la alienación y el mestizaje como herida abierta.
El mural se convierte en espejo colectivo que proyecta las fracturas de la modernidad.
La curaduría contemporánea tiene la tarea de mostrar cómo el muralismo es un lenguaje que atraviesa siglos, capaz de narrar la historia desde la ritualidad mesoamericana hasta la crítica moderna.
En conclusión, la pintura mural, tanto en la tradición maya como en el muralismo moderno, es un dispositivo político y simbólico que articula mito, rito, poder y crítica.
En Bonampak, legitima la élite y asegura la continuidad cósmica; en Orozco, desmantela los mitos nacionales y confronta al espectador con la violencia de la modernidad.
Ambos revelan que la imagen en el muro no es neutra: es archivo de la memoria, espejo del inconsciente colectivo y lenguaje que articula la relación entre sociedad, mito e historia.
La curaduría contemporánea debe mostrar que el mural construye identidad, conciencia y memoria, funcionando como un lenguaje visual que sigue interpelando al espectador.
El mural, en sus distintas tradiciones, se configura siempre como un dispositivo político y simbólico: en el ámbito mesoamericano, constituye la legitimación de un orden cósmico; en la modernidad, se transforma en paráfrasis crítica que denuncia la fractura histórica.
En ambos casos, la pintura mural nos recuerda que la historia no es lineal ni gloriosa, sino un ciclo de violencia, regeneración y memoria, y que la imagen en el muro es siempre un acto de poder y de pensamiento.

El artículo analiza la pintura mural como un lenguaje político, simbólico y filosófico que articula mito, rito y crítica desde la tradición mesoamericana hasta el muralismo moderno mexicano.
Los murales de Bonampak, en el siglo VIII d.C., legitiman el poder cósmico y político de la élite maya, inscribiendo la violencia ritual y la ceremonia como mecanismos de cohesión social y continuidad del universo.
En contraste, los frescos de José Clemente Orozco en el Hospicio Cabañas (1937–1939) transforman el mural en un espacio de confrontación crítica, denunciando la conquista, el mestizaje y la revolución como traumas históricos.
Mientras Bonampak convierte el cuerpo sacrificado en símbolo de orden cósmico, Orozco representa el cuerpo fragmentado como signo de alienación moderna.
Ambos lenguajes utilizan la monumentalidad arquitectónica para reforzar la experiencia inmersiva del espectador, convirtiendo el mural en archivo simbólico y espejo del inconsciente colectivo.
La curaduría contemporánea, al poner en diálogo las tradiciones que van de los murales mesoamericanos de Bonampak hasta el muralismo posrevolucionario de Orozco, revela que la pintura mural nunca es neutra: es siempre propositiva, legítima y cuestionable. En su doble función, puede ordenar el cosmos o desgarrar la historia, pero en todos los casos construye memoria, identidad y conciencia social.
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