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El arte en Mesoamérica y la modernidad: entre lo simbólico y lo mercantil

SABADO 07 FEBRERO 2026

POR JACK RO

CD. JUAREZ, CHIH.- El arte, como manifestación cultural, ha sido interpretado de maneras diversas a lo largo de la historia. En la antigua Mesoamérica —desde los olmecas hasta los aztecas, pasando por zapotecas, toltecas, teotihuacanos y mayas— el arte no se concebía como un objeto ornamental ni como una mercancía, sino como un lenguaje simbólico que articulaba la cosmovisión, la religión y la organización social.

En contraste, la modernidad capitalista ha desplazado el arte hacia un terreno mercantilista, donde predomina su valor económico y su función como objeto de consumo e inversión.

Este artículo plantea el problema de cómo entender esta transformación: ¿qué se pierde cuando el arte deja de ser un lenguaje comunitario y espiritual para convertirse en mercancía?, ¿qué implicaciones tiene para la función del artista y para la sociedad contemporánea?

A partir de que se dialoga con la modernidad, la idea principal que proponemos contrasta con la concepción mesoamericana del arte con la mercantilista, desarrollando un análisis antropológico, arqueológico y curatorial que permita comprender la vigencia de este debate.

El arte mesoamericano cumplía funciones rituales, sociales y políticas, integrándose en la vida comunitaria como vehículo de memoria y legitimación del poder.

La arquitectura monumental, las esculturas y los códices no eran objetos aislados, sino parte de sistemas simbólicos que sostenían la cosmovisión y la cohesión social.

En la modernidad, sin embargo, el arte se ha convertido en mercancía, valorado por su precio en el mercado y por su capacidad de generar estatus individual.

El problema radica en la tensión entre estas dos concepciones: por un lado, el arte como lenguaje simbólico y espiritual; por otro, el arte como producto económico.

Esta tensión plantea preguntas sobre la función del arte en la sociedad contemporánea: ¿debe ser un instrumento de memoria y cohesión, o un objeto de consumo e inversión? ¿Cómo puede la curaduría recuperar la dimensión comunitaria del arte en un contexto dominado por el mercado?

La modernidad, marcada por el auge del capitalismo y la globalización, ha redefinido el arte como inversión y producto de lujo. Walter Benjamin, en su célebre ensayo sobre la obra de arte en la era de la reproducción técnica, señaló la pérdida del “aura” de la obra, es decir, su singularidad y su vínculo con el ritual.

Pierre Bourdieu, por su parte, analizó cómo el campo artístico se estructura en torno a capital simbólico y económico, mostrando que el valor del arte en la modernidad depende tanto de su reconocimiento social como de su precio en el mercado.

En contraste, las sociedades mesoamericanas concebían el arte como parte de un sistema ritual y social. La antropología cultural ha mostrado que símbolos como el jaguar, la serpiente emplumada o el sol no eran adornos, sino representaciones de fuerzas cósmicas que regulaban la vida.

La arqueología confirma que las obras estaban integradas en complejos ceremoniales y urbanos, funcionando como instrumentos de cohesión social y legitimación política.

Esto nos permite comprender la transformación del arte: de un lenguaje simbólico y comunitario en Mesoamérica a un objeto mercantil en la modernidad.

El arte en Mesoamérica fue un acto social, simbólico y espiritual, inseparable de la religión, la política y la vida comunitaria. En la modernidad capitalista, en cambio, el arte se ha convertido en mercancía, valorado por su precio y por su capacidad de generar estatus individual.

Esta transformación revela una tensión entre el arte como lenguaje simbólico y el arte como producto económico, lo que plantea la necesidad de recuperar su dimensión comunitaria y trascendente en los discursos curatoriales contemporáneos.

Los pueblos mesoamericanos concebían el arte como extensión de su cosmovisión (Cuando decimos que el arte mesoamericano era extensión de su cosmovisión, afirmamos que cada obra era un lenguaje visual y simbólico que expresaba cómo entendían el universo, la naturaleza y su lugar en él. No era un lujo ni una mercancía, sino un medio de conexión entre lo humano, lo divino y lo comunitario).

Los olmecas, por ejemplo, crearon esculturas colosales que no eran retratos ornamentales, sino símbolos de poder político y religioso.

Los mayas tallaron estelas que narraban genealogías y acontecimientos rituales, reforzando la memoria colectiva.

Los aztecas integraron el arte en su calendario ritual y en sus prácticas de sacrificio, asegurando la continuidad del cosmos.

Desde esta perspectiva, el arte era un lenguaje social y espiritual, no un lujo ni una mercancía.
La arqueología muestra que las obras mesoamericanas estaban integradas en complejos arquitectónicos y ceremoniales. En Teotihuacán, los murales de Tepantitla representaban escenas de fertilidad y deidades acuáticas, vinculadas a la organización agrícola.

En Monte Albán, los “Danzantes” tallados en piedra legitimaban el poder militar y político de la ciudad. En Tula, los Atlantes simbolizaban la fuerza guerrera y el orden cósmico.

La evidencia arqueológica confirma que el arte cumplía una función estructural en la vida comunitaria, reforzando jerarquías, rituales y sistemas de creencias.

Desde una mirada curatorial contemporánea, el arte mesoamericano debe entenderse como patrimonio cultural vivo (Esta frase quiere decir que el arte mesoamericano debe ser visto hoy no como “arte muerto” o “arqueología estática”, sino como un patrimonio cultural que sigue vivo en la memoria, en las prácticas y en la identidad de los pueblos. La curaduría contemporánea tiene la tarea de mostrar esa vitalidad y evitar que las piezas se conviertan en simples mercancías o decoraciones descontextualizadas).

Las piezas que hoy se exhiben en museos no fueron concebidas como objetos estéticos aislados, sino como elementos de un sistema ritual y social. La curaduría tiene la responsabilidad de recuperar su dimensión simbólica y social, mostrando que eran parte de ceremonias, calendarios y narrativas colectivas.

Exhibir estas piezas implica reconocer que fueron instrumentos de cohesión comunitaria y de comunicación con lo trascendente. La curaduría debe evitar que se reduzcan a objetos turísticos o decorativos, devolviéndoles su carácter de lenguaje cultural y espiritual.

En Mesoamérica, la finalidad del arte era ritual, social y político; su función social consistía en la cohesión comunitaria y el culto; su valor era simbólico y espiritual; y el artista se concebía como mediador entre lo humano y lo divino.

En la modernidad mercantilista, en cambio, la finalidad del arte es la venta, el consumo y la inversión; su función social se reduce al estatus individual; su valor es económico; y el artista se convierte en productor para el mercado.

Este contraste muestra cómo el arte ha pasado de ser un lenguaje colectivo a un objeto individualizado. La reflexión curatorial contemporánea enfrenta el reto de recuperar la dimensión comunitaria del arte en un contexto dominado por el mercado.

El arte mesoamericano nos recuerda que la creación no es un lujo ni una mercancía, sino un acto de vida, memoria y cohesión social.

La modernidad capitalista ha desplazado el arte hacia el mercado, pero la reflexión antropológica, arqueológica y curatorial puede recuperar su dimensión simbólica y espiritual.

Reconocer esta tensión es fundamental para repensar el papel del arte en la sociedad contemporánea: no solo como inversión o consumo, sino como lenguaje que conecta lo humano con lo trascendente y que fortalece la comunidad.

El desafío actual es construir una curaduría que dialogue con la modernidad sin perder de vista la raíz simbólica del arte. Solo así podremos devolver a la creación artística su carácter de patrimonio vivo, capaz de interpelar a la humanidad más allá del mercado y de recordarnos que el arte, desde sus orígenes, es un acto de libertad y de sentido colectivo.

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