DOMINGO 01 MARZO 2026
La Cuarta Transformación, liderada por Claudia Sheinbaum, se proyecta como fenómeno político y cultural observado globalmente. Más que ideología cerrada, articula símbolos y narrativas colectivas, redefiniendo soberanía, justicia y mexicanidad en un contrato social democrático abierto a múltiples interpretaciones.
POR: JACK RO
El proceso político que México atraviesa bajo el nombre de “Cuarta Transformación” ha despertado un notable interés a nivel global. La presidenta Claudia Sheinbaum ha subrayado que este modelo es observado en Europa, Asia, África y América Latina como una experiencia singular de mexicanidad histórica.
No se trata únicamente de un cambio administrativo, sino de un fenómeno cultural y político que busca redefinir la relación entre Estado, sociedad y ciudadanía. En este sentido, México, históricamente marcado por desigualdades, luchas sociales y contradicciones ideológicas inscritas en los anales de su historia, se encuentra en un proceso de redefinición de su modelo político.
La declaración de la presidenta Claudia Sheinbaum en la mañanera subraya que esta transformación no es solo un proyecto administrativo, sino un fenómeno cultural y político que pretende inscribirse en la historia como un paradigma humanista de mexicanidad.“El movimiento Sheinbaumismo” o continuidad del obradorismo, puede entenderse como una proyección colectiva de deseos y frustraciones históricas.
El pueblo mexicano, históricamente marcado por traiciones políticas y por la influencia persistente del imperialismo norteamericano, deposita en la Cuarta Transformación la esperanza de una reparación simbólica y de una reconfiguración de su destino colectivo. Sin embargo, emergen también pulsiones inconscientes de repetición, manifestadas en la tendencia a reproducir las mismas dinámicas de poder que se pretendían superar.
El discurso de soberanía y libertad funciona como un ideal del yo colectivo, capaz de movilizar aspiraciones emancipadoras; pero se enfrenta a la resistencia de estructuras inconscientes y de actores políticos antagónicos —como los grupos vinculados al PRIAN— que perpetúan la dependencia y la ambivalencia hacia la autoridad.
Desde una perspectiva histórica y antropológica, este fenómeno revela la tensión entre la memoria de la subordinación y el deseo de emancipación, mostrando cómo los proyectos políticos en México se inscriben en un ciclo de esperanza, traición y renovación, donde la ciudadanía busca constantemente reconciliar su identidad cultural con la práctica democrática.
En el plano político, la Cuarta Transformación se enfrenta a la disyuntiva entre congruencia e incongruencia. Por un lado, se presenta como alternativa frente a los excesos de partidos tradicionales y gobiernos conservadores; por otro, reproduce prácticas de poder que contradicen su discurso emancipador. La tensión entre lo político, lo económico y lo social se refleja en la dificultad de articular un proyecto que sea al mismo tiempo viable en términos de gobernanza y fiel a sus ideales históricos.
La Constitución, concebida como “alma de la libertad”, y la historia, entendida como “espíritu de los pensamientos”, se convierten en referentes simbólicos que legitiman el proceso político contemporáneo. La tensión entre lo político, lo económico y lo social se manifiesta en la dificultad de articular un proyecto que sea, al mismo tiempo, viable en términos de gobernanza y fiel a sus ideales históricos.
La relectura histórica de los ciclos de retorno se presenta como un intento de reconciliar la tradición ilustrada europea —libertad, igualdad, fraternidad— con la herencia mesoamericana y mestiza. Esta herencia, marcada por el colonialismo esclavista y por los procesos independentistas y revolucionarios, se proyecta ahora frente al movimiento transformador del siglo XXI.
En términos de antropología política, se trata de una praxis que busca articular un humanismo mexicano, donde la política se conciba como una acción orientada al bien común. La noción de “humanismo mexicano” evoca una síntesis entre razón crítica y memoria histórica, donde la política se concibe como praxis socialista.
Sin embargo, esta síntesis enfrenta tensiones en la falta de una educación política sólida en la ciudadanía que limita la posibilidad de que el movimiento se sustente en una ideología formativa coherente. La educación de la enseñanza política aquí se confronta con la realidad de un pueblo que oscila entre la esperanza transformadora y la desconfianza hacia sus líderes.
El movimiento obradorista se diferencia de las izquierdas clásicas en la medida en que no se sustenta en un marxismo doctrinal, sino en un populismo de carácter paternalista. En este esquema, el Estado se concibe como una figura “paterna” que protege y corrige a los “hijos desobedientes”, independientemente de que provengan de la derecha o de la izquierda. A diferencia de las dinámicas de injusticia que caracterizaron al porfiriato —cuando los campesinos eran explotados por los terratenientes en las tiendas de raya y las clases populares eran sistemáticamente desatendidas por gobiernos ajenos a sus necesidades.
El obradorismo propone una relación distinta entre Estado y sociedad. En ella, la centralidad del poder se legitima mediante un discurso de cercanía y protección hacia los sectores populares, configurando un modelo político que se presenta como correctivo y reivindicador frente a las exclusiones históricas.
Por otro lado, introduce mecanismos de justicia social que reivindican los derechos de los sectores marginados y buscan reparar las desigualdades históricas.Al ofrecer un relato común de redistribución y soberanía, este modelo genera cohesión social y fortalece la identidad colectiva. Desde una perspectiva histórica y antropológica, puede interpretarse como un proceso de resignificación de la memoria nacional: se confronta el pasado de explotación y exclusión con nuevas narrativas que intentan integrar a los grupos tradicionalmente relegados.
La Cuarta Transformación, en este sentido, se configura como un fenómeno de masas que articula símbolos, narrativas y prácticas colectivas más que como una ideología sistemática cerrada. Su fuerza reside en la capacidad de construir un discurso político que, al ser presentado en foros nacionales e internacionales, proyecta la mexicanidad como un modelo alternativo de desarrollo político y social.En el marco de la ciencia política, este proceso puede interpretarse como una redefinición del contrato social, donde el Estado busca reconciliar justicia distributiva con legitimidad democrática.
El discurso oficial de Claudia Sheinbaum ante las naciones enfatiza que la transformación mexicana no es únicamente administrativa, sino cultural e histórica: un proyecto que pretende democratizar el acceso a los recursos, fortalecer la soberanía y consolidar la participación ciudadana como eje de la vida pública.La Cuarta Transformación puede leerse como un texto abierto, donde cada actor político y cada ciudadano interpreta y reinterpreta su sentido.
La narrativa oficial habla de soberanía, justicia y mexicanidad, pero las interpretaciones sociales varían según la posición ideológica, la experiencia histórica y las expectativas personales. La política revela que no existe una verdad única: la transformación es un relato en disputa, donde los signos del pasado —revoluciones traicionadas, luchas sociales inconclusas— dialogan con los símbolos del presente.
El fenómeno histórico de las luchas independentistas puede comprenderse como un proceso social y político que, desde una perspectiva posrevolucionaria, se interpreta como una transformación evolutiva del pensamiento colectivo y de sus significados. Estas narrativas y estructuras no se presentan como realidades fijas, sino como construcciones dinámicas que han sido tensionadas por el neoliberalismo antisocialista y por la represión de las ideologías socialistas.
Este cambio se genera en la interacción constante entre sujetos, instituciones y contextos históricos, lo cual permite leerlo como un texto abierto dentro del marco del Estado obradorista y su proyecto de nación. Dicho proyecto ha modificado la política, la economía y la administración social del pueblo mexicano, configurando un modelo que busca articular soberanía y justicia como ejes centrales de su narrativa oficial.Sin embargo, las interpretaciones sociales de este discurso varían según la posición ideológica y las expectativas de cada sector.
La pluralidad de lecturas se explica por el influjo de la actividad democrática, que garantiza la libertad de ideología y la discrepancia en el lenguaje político. En este sentido, el diálogo con la herencia cultural mexicana se convierte en un elemento fundamental: la Cuarta Transformación se presenta como un proceso que no solo reorganiza estructuras institucionales, sino que también resignifica la memoria histórica y la identidad nacional en el escenario global.
La modificación reformatoria, tal como la presenta Claudia Sheinbaum, es más que un programa político: es un fenómeno cultural, que busca redefinir la mexicanidad en el escenario global. Sin embargo, su fuerza no reside únicamente en las políticas implementadas, sino en la capacidad de articular un relato que convoque a la ciudadanía a participar en la construcción de un nuevo horizonte.
Esta reestructuración para reformar el Estado mexicano es más que un programa político: es un movimiento político vivo, abierto a múltiples lecturas y significados. Su éxito dependerá de la capacidad de transformar la narrativa en praxis coherente, de convertir la historia en aprendizaje y de reconciliar la soberanía nacional con las exigencias de un mundo globalizado.
Que puede consolidarse como un verdadero acto de emancipación cultural y política si logra superar las contradicciones internas, fortalecer la educación política y articular un proyecto que sea al mismo tiempo viable y fiel a sus ideales. Solo así podrá inscribirse en la historia como una transformación auténtica y no como una repetición de las traiciones del pasado.
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