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La política tiene su propio Timing

“Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar: tensiones de poder en Morena”

SABADO 18 ABRIL 2026

POR JACK RO

La disputa interna de Morena en Chihuahua, marcada por Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar, refleja tensiones estructurales entre praxis e ideología. Licencias, precampañas y ambiciones personales cuestionan la disciplina estatutaria y amenazan el ethos colectivo del movimiento.

CD. JUAREZ, CHIH.- La disputa interna de Morena en Chihuahua, marcada por las figuras de Cruz Pérez Cuéllar y Andrea Chávez, no puede entenderse únicamente como un conflicto local, sino como un síntoma de las tensiones estructurales que atraviesan al partido en su proceso de institucionalización.

En este marco, la representación de Luisa María Alcalde al frente de la dirigencia nacional adquiere un valor simbólico: encarna la transición generacional y la búsqueda de cohesión en un movimiento que oscila entre la militancia orgánica y las prácticas de poder heredadas de la política tradicional.

Andrea Chávez formalizó su aspiración al pedir licencia al Senado el 15 de abril de 2026, con un discurso de ruptura contra el “PRIAN”. Reconocida por Granados como uno de los perfiles más fuertes del movimiento, su estrategia territorial —como la asamblea del “Plan B” en Juárez— ha sido detonante de conflictos internos, desafiando las reglas de neutralidad.

La sorpresa de la repentina licencia indefinida de Andrea Chávez en el Senado modifica la correlación de fuerzas internas de Morena. Le permite recorrer el estado y fortalecer su posicionamiento personal, lo que podría otorgarle ventaja frente a Cruz Pérez Cuéllar. Esta estrategia abre un debate sobre la legitimidad de su movilización: ¿se trata de un ejercicio político permitido o de un desacato a los estatutos del partido? La ambigüedad refuerza la tensión entre praxis e ideología, mostrando cómo la ambición personal puede desplazar la disciplina colectiva y profundizar la crisis de cohesión interna.

En declaraciones recientes a El Diario de Juárez, Cruz Pérez Cuéllar externó que analiza la posibilidad de solicitar licencia para separarse de la alcaldía. El motivo central sería dedicar tiempo completo a su proyecto político rumbo a la gubernatura, evitando que se interprete como uso de recursos públicos o ventaja institucional. La estrategia busca mostrar congruencia con los acuerdos de “piso parejo” establecidos por el Consejo Nacional de Morena, aunque también responde a un propósito personal: reforzar su presencia territorial y competir en igualdad de condiciones frente a Andrea Chávez, quien ya pidió licencia al Senado.

Por su parte, Cruz Pérez Cuéllar exige imparcialidad de la dirigencia, apelando al ejemplo de Mario Delgado. Presume logros de su administración y mantiene ventaja en las encuestas, aunque reconoce que Andrea avanza con presencia territorial. Su insistencia en la neutralidad refleja tanto apego a las reglas como preocupación por la cercanía de la dirigencia con su competidora.

El análisis que aquí se presenta se apoya en las reflexiones políticas de diversos actores, así como en la teoría de los partidos, para examinar cómo los rumores, las narrativas mediáticas y las percepciones ciudadanas configuran un campo de disputa cultural y política. Más allá de las descalificaciones externas o de las defensas internas del movimiento, lo que está en juego es la capacidad de Morena para sostener sus principios fundacionales frente a la presión de la praxis electoral y la fragmentación institucional.

La disputa por la candidatura a la gubernatura de Chihuahua ha evidenciado las fisuras internas de Morena y la dificultad de acatar los acuerdos del último Consejo Nacional. Tres actores concentran la atención: Brighite Granados, Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar.

Brighite Granados, dirigente estatal, sostiene un discurso de neutralidad: afirma que no respalda proyectos individuales sino al partido. No obstante, su asistencia a la asamblea de Andrea Chávez y sus declaraciones en defensa de ella han sido interpretadas como inclinaciones, generando reclamos de Cruz. Paralelamente, Granados impulsa la integración de los Consejos Municipales, una estructura territorial clave rumbo a 2027, lo que la coloca en el centro de la tensión entre el arbitraje y el protagonismo.

El Consejo Nacional estableció lineamientos de “piso parejo”: prohibición de espectaculares, actos anticipados, uso de recursos públicos y campañas de desprestigio, con una encuesta abierta a la población de Chihuahua como mecanismo de selección. De tal forma que los hechos muestran una doble rebeldía: de los aspirantes, que buscan posicionarse más allá de las normas, y de la dirigencia estatal, que al intentar equilibrar termina siendo parte del conflicto.

En este escenario, la contienda en Chihuahua se convierte en un campo de tensiones dentro de Morena, donde la disciplina partidista se enfrenta a estrategias personales de poder y la neutralidad formal se ve desafiada por gestos que inclinan la balanza hacia un lado, aun cuando será la ciudadanía quien elija al candidato de su preferencia. Este desajuste entorpece el propósito colectivo y coloca los medios por encima del fin.

El resultado es un vaciamiento ético que erosiona la confianza de la militancia y reproduce los vicios de la política tradicional —faccionalismo, oportunismo y clientelismo— en un partido que nació con la promesa de ser distinto. La praxis se convierte en táctica electoral y la ideología en discurso, dejando al descubierto la fragilidad de los pactos internos frente a las ambiciones individuales.

La ideología de izquierda entiende la praxis como la unión entre teoría y acción, orientada a transformar la realidad. Morena, fundado con la promesa de cambiar el sistema político mexicano, debería materializar su ideología en organización interna y políticas públicas. Dicho de otra forma, cuando los principios se subordinan a la búsqueda de candidaturas, la praxis se convierte en táctica de poder sin horizonte transformador. La ideología queda relegada al discurso, mientras la acción se reduce a la lucha por posiciones.

En este escenario, la disyuntiva entre Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar ilustra la tensión estructural: Chávez, al solicitar licencia indefinida en el Senado, se libera de la estructura legislativa y puede recorrer el estado con mayor libertad, aunque su estrategia plantea dudas sobre la legalidad estatutaria de una campaña adelantada. Pérez Cuéllar, en cambio, permanece sujeto a su mandato momentáneamente como presidente municipal, pero aun así despliega prácticas de posicionamiento político que también contravienen los tiempos internos del partido.

Ambos casos reflejan cómo la praxis se desvincula de la ideología, generando un vacío ético-político que amenaza la legitimidad del movimiento.

Lejos de representar únicamente una ruptura, estas tensiones internas también pueden entenderse como un signo de vitalidad democrática y de adaptación institucional. El desacato a los acuerdos estatutarios y las precampañas anticipadas no serían solo síntomas de individualismo político, sino expresiones de un pluralismo inevitable en un partido que ha crecido rápidamente y que busca consolidarse como fuerza dominante en el sistema político mexicano.

Desde una visión política, lo que se interpreta como vacío ético puede leerse como el tránsito de un movimiento social hacia un partido competitivo, donde la praxis se redefine en función de la disputa real por el poder. Aristóteles concebía la praxis como deliberación orientada al bien común, pero esa deliberación requiere conflicto y diversidad de intereses; Marx entendía la praxis como transformación social, y esa transformación implica contradicciones internas que empujan al movimiento a evolucionar.

En este sentido, las pugnas entre liderazgos locales y la fragilidad de la dirigencia nacional no necesariamente significan decadencia, sino el ajuste propio de un partido en expansión que debe aprender a equilibrar disciplina con apertura. La aparente subordinación de la ideología a la ambición electoral puede ser vista para realizar soluciones políticas: una estrategia para asegurar continuidad en el poder y, desde ahí, sostener el proyecto de transformación.

Estas reflexiones sostienen que Morena atraviesa una crisis de legitimidad: la praxis electoral se ha desvinculado de la ideología, debilitando la coherencia interna y reproduciendo los vicios de la política tradicional —faccionalismo y el oportunismo— en un partido que nació con la promesa de ser distinto.
Las interpretaciones divergentes, en cambio, plantean que estas tensiones forman parte del proceso natural de institucionalización partidista: el pluralismo interno y la competencia anticipada pueden leerse como signos de vitalidad democrática y de adaptación a un sistema político competitivo, en aras de ampliar la libertad y consolidar la participación ciudadana.

El análisis muestra que ambas lecturas son válidas y complementarias. Por un lado, la falta de disciplina y la fragilidad de la dirigencia nacional, encabezada por Luisa María Alcalde, evidencian una crisis de gobernanza que amenaza la identidad fundacional del movimiento.

Por otro lado, la pluralidad de liderazgos y la disputa por las candidaturas reflejan la transición de Morena de movimiento social a partido político, con todas las contradicciones que ello implica.

La disputa interna de Morena en Chihuahua no es un episodio aislado, sino un reflejo de las tensiones estructurales que atraviesan al partido en su tránsito de movimiento social. El desacato a los acuerdos estatutarios, el individualismo de sus liderazgos y la fragilidad de la dirigencia nacional muestran una crisis de disciplina que amenaza con vaciar de contenido los principios fundacionales.

El dilema central es si Morena logrará articular el conflicto con mayor claridad, en una eficacia con principios éticos y poder colectivo. Si consigue equilibrar estas tensiones, podrá consolidarse como fuerza política con legitimidad democrática; si fracasa, corre el riesgo de reproducir los vicios de la vieja política y convertirse en una maquinaria electoral indistinguible de los partidos tradicionales.

En última instancia, lo que está en juego no es solo la gobernanza interna de Morena, sino la calidad de la democracia mexicana: la capacidad de un partido en el poder para sostener su carácter moral colectivo frente a la presión del ejercicio electoral y la ambición personal.

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