LUNES 20 ABRIL 2026
SEGUNDA PARTE
POR JACK RO
La Presidenta Claudia Sheinbaum, en la IV Cumbre por la Democracia en Barcelona, exaltó la herencia de la memoria mesoamericana a la lucha independentista en un discurso de identidad que vinculó las luchas del siglo XIX, resaltando la revolución, la soberanía y la dignidad como fundamentos de la ideología latinoamericana y de la democracia mexicana.
CD. JUAREZ, CHIH.– La historia de México en el siglo XIX está estrechamente vinculada con los movimientos políticos e ideológicos que transformaron Europa. No puede desvincularse de las corrientes del romanticismo y del liberalismo, que exaltaban la nación, la soberanía popular y la libertad frente a los poderes tradicionales.
Estos procesos se reflejaron en México, donde las luchas independentistas y las posteriores reformas se inspiraron en las ideas surgidas de la Revolución Francesa y en los debates filosóficos de pensadores como Hegel.
Si bien Napoleón Bonaparte marcó el inicio del siglo XIX con la expansión de su imperio y el Concordato con el Vaticano, fue más adelante, bajo el gobierno de Napoleón III, cuando Francia intervino directamente en México, imponiendo el efímero Segundo Imperio Mexicano.
Así, los cambios políticos europeos —desde el romanticismo cultural hasta el positivismo de Auguste Comte, considerado el padre de la sociología— influyeron en la construcción de la identidad mexicana y en los debates sobre Estado, nación y modernidad.
Estos fenómenos —el romanticismo, el liberalismo y las corrientes filosóficas y científicas europeas del siglo XIX— formaron parte de los cambios que influyeron en la revolución independentista en México.
En su discurso, la Presidenta de México enlazó este trasfondo con la memoria nacional, dando un salto desde el legado del Imperio azteca y la herencia mesoamericana anterior a la conquista, hasta la etapa de la colonización, entendida como un largo periodo de dominación y transculturación que antecedió a las luchas por la independencia.
La etapa colonial puede entenderse como un período semejante a una “Edad Media” de trescientos años de oscuridad, caracterizado por la transculturación forzada, la imposición de nuevas costumbres y la pérdida de las tradiciones originarias.
Fue un tiempo marcado por la explotación económica, el saqueo de riquezas, la injusticia social y la separación de pueblos, que derivaron en dominación y desarraigo.
Aunque también se gestaron procesos de mestizaje y nuevas formas culturales, la memoria popular lo recuerda como una época de sometimiento, hambre y desigualdad, donde la espiritualidad indígena fue relegada y las comunidades quedaron bajo el peso de la colonización.
Los criollos fueron sistemáticamente menospreciados por el poder de los peninsulares españoles, quienes acaparaban los cargos más altos en la administración colonial y relegaban a los criollos a funciones secundarias en la burocracia, el comercio y la vida local.
Los ibéricos imponían su lengua, su religión y su modelo de civilización, mientras extraían las riquezas —especialmente la plata y otros recursos— para llevarlas al Viejo Mundo.
Esta desigualdad social y política, sumada a la explotación económica y a la imposición cultural, alimentó el resentimiento criollo y se convirtió en una de las causas fundamentales de los movimientos independentistas en México.
Los pueblos originarios, descalificados por los colonizadores como “salvajes”, fueron sometidos a una profunda transculturación: se les impuso una nueva religión y se destruyó gran parte de sus templos y códices, mientras su espiritualidad fue relegada o transformada en formas de integración cultural.
Sus dioses, que habían sido la razón y esencia de su mundo, quedaron en muchos casos reducidos a símbolos arqueológicos y piezas de museo, aunque también sobrevivieron en prácticas culturales y rituales populares.
Así transcurrieron los cerca de tres siglos de dominación colonial, hasta que los procesos revolucionarios del siglo XIX abrieron paso a nuevas luchas por su independencia, soberanía y dignidad.
En este marco, la Presidenta Claudia Sheinbaum, durante la IV Cumbre Democrática Celebrada en Barcelona España el sábado 18 de abril de 2026, realizó un discurso con un enfoque histórico y político.
En él, expuso la posición del pueblo mexicano dentro de la cultura latinoamericana y en la defensa de los derechos de los pueblos, evocando las luchas de sus caudillos e ideólogos como actores de una revolución que dio inicio a la transformación de un México posmoderno.
Este México enfrenta aún los vestigios de la colonización y de la esclavitud imperial, pero impulsa su libertad proclamada desde la independencia, contradicha por las pugnas internas de sus castas sociales que antagonizaron con los decretos de democracia, libertad y soberanía.
La Presidenta sintetizó este proceso histórico en su discurso con las siguientes palabras:
“Vengo del legado de Miguel Hidalgo y Costilla, que en 1810 levantó la voz por la independencia y días después tuvo la valentía de declarar la abolición de la esclavitud.
Vengo con el legado de José María Morelos y Pavón, que en los Sentimientos de la Nación escribió palabras que aún estremecen: que la soberanía dimana del pueblo, que debería moderarse la indigencia y la opulencia, y que la dignidad no admite castas sino solo la diferencia entre el vicio y la virtud.
Vengo con el legado de la independentista Leona Vicario, que desafió su tiempo para defender el derecho de las mujeres a luchar por su patria.
Vengo con la dignidad de Josefa Ortiz de Domínguez, que nos recordó que no debe premiarse a quien sirve a la patria, sino castigar a quien se sirve de ella.
Vengo cubierta con el legado del Benemérito de las Américas, Presidente Benito Juárez García, indígena zapoteco que, junto con los liberales mexicanos, separó la Iglesia del Estado a mediados del siglo XIX, defendió a la República frente a la invasión extranjera y, al triunfar, nos dejó una verdad que pertenece al mundo entero: entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.”
Este recorrido histórico cumple una doble función: legitimar la identidad mexicana como heredera de culturas originarias y, al mismo tiempo, proyectar la continuidad de esa resistencia en los procesos políticos modernos.
La Presidenta recurre a un lenguaje que interpreta como una narrativa para imponer la dignidad del pueblo mexicano ante el mundo, en el que combina historia, símbolos y valores universales para proyectar a México como una nación y una patria que, pese a la colonización y las desigualdades, ha sabido transformar su memoria en fuerza política y espiritual.
Su discurso no solo reivindica el pasado, sino que lo convierte en fundamento de la democracia contemporánea y en mensaje un de paz hacia el mundo, donde las figuras históricas (Hidalgo, Morelos, Juárez, Leona Vicario, Josefa Ortiz) son presentadas como arquetipos de dignidad y libertad.
Desde una perspectiva política, el discurso articula la idea de que la nación mexicana se ha construido en una tensión constante entre dominación externa y emancipación interna.
Se reconoce la transculturación y el mestizaje, pero se reivindica la memoria indígena como fuerza espiritual y política.
En términos antropológicos, se subraya la continuidad de las raíces originarias, que no fueron derrotadas, sino que permanecen vivas en las comunidades y lenguas actuales.
El discurso de Claudia Sheinbaum en Barcelona se configura como una narrativa revolucionaria y de dignidad, que vincula la memoria ancestral con los ideales modernos de democracia y soberanía.
Al situar a México dentro de un marco latinoamericano y universal, la Presidenta reafirma que la historia nacional no es un pasado muerto, sino un presente activo que inspira la lucha contra la discriminación, el individualismo y la desigualdad.
Se trata de un mensaje que busca reivindicar la identidad mexicana como un legado de culturas originarias, en una memoria de luchas independentistas y una apuesta por la paz y el respeto al derecho ajeno. Su fuerza radica en la capacidad de unir lo histórico con lo político, lo espiritual con lo social, y lo nacional con lo universal.
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