Guadalupe Parada Gasson
DOMINGO 06 SEPTIEMBRE 2026
Sembrar likes, cosechar votos
Por Guadalupe Parada Gasson
Ciudad Juárez se está llenando de agricultores electorales.
Pero no necesariamente de aquellos que siembran organización comunitaria, construyen ciudadanía o cultivan soluciones para cosechar resultados dentro de algunos años.
Son otra clase de agricultores.
Siembran fotografías. Cultivan seguidores.
Abonan grupos de WhatsApp. Cosechan likes.
Acumulan reuniones, desayunos, recorridos, videos, entregas, abrazos y apariciones públicas con la esperanza de que toda esa exposición pueda convertirse mañana en conocimiento de nombre, posición en una encuesta y, finalmente, votos.
Es el farmeo político
La expresión proviene del lenguaje digital. Farmear significa repetir determinadas acciones para acumular recursos, puntos, experiencia o ventajas dentro de un juego. Trasladado a la política, describe bastante bien una práctica cada vez más visible; acumular presencia para construir artificialmente la percepción de liderazgo.
Y Ciudad Juárez parece haber entrado de lleno en esa etapa.
Todavía falta para que los ciudadanos estén frente a las urnas en 2027, pero la competencia por aparecer ya comenzó.
Las fotografías empiezan a multiplicarse.
Los recorridos por colonias aumentan. Surgen nuevos liderazgos comunitarios. Aparecen asociaciones, causas, reuniones territoriales, conferencias, brigadas, apoyos y personajes súbitamente interesados por problemas que llevan diez o veinte años esperando solución.
Nada de eso es malo por sí mismo.
Un político debe recorrer las colonias.
Debe escuchar.
Debe gestionar.
Debe reunirse con comerciantes, estudiantes, empresarios, madres de familia, trabajadores y organizaciones sociales.
El problema comienza cuando la comunidad deja de ser el objetivo de la política y se convierte en el escenario de la fotografía.
Ahí empieza el farmeo.
La colonia convertida en escenografía
Hay una diferencia enorme entre construir territorio y explotar territorio.
Construir territorio significa permanecer.
Conocer un problema, documentarlo, buscar responsables institucionales, gestionar soluciones, medir avances, regresar, informar y continuar hasta obtener resultados.
Farmear territorio es diferente.
Consiste en llegar, fotografiarse, publicar, agradecer la invitación, escribir que “seguimos recorriendo Juárez”, subir un video de 40 segundos y trasladarse inmediatamente hacia la siguiente colonia.
El indicador ya no es cuántas personas fueron atendidas.
Es cuántas personas vieron la publicación.
No importa tanto resolver el problema como demostrar públicamente que el político estuvo cerca del problema.
Ese cambio es mucho más profundo de lo que parece.
Porque transforma la naturaleza de la representación pública.
Antes, un político intentaba demostrar poder mediante estructuras partidistas, organizaciones sindicales, sectores empresariales o liderazgos territoriales.
Hoy también necesita demostrar audiencia.
Seguidores.
Interacciones.
Reproducciones.
Fotografías con gente.
Eventos llenos.
Encuestas.
Menciones.
La política comienza entonces a comportarse como una industria de creación de contenido.
Y cuando eso ocurre, el ciudadano corre el riesgo de dejar de ser ciudadano para convertirse en contenido.
La señora que necesita medicamentos es contenido.
La calle sin pavimentar es contenido.
El niño que necesita útiles escolares es contenido.
La familia que necesita alimento es contenido.
La colonia abandonada es contenido.
Hasta la pobreza puede terminar convertida en escenografía.
Y ése es quizá el límite ético que Ciudad Juárez debería comenzar a discutir.
La gran cosecha de 2027
Los movimientos partidistas muestran que el reloj electoral ya está corriendo.
El PAN informó recientemente que 204 personas se registraron en Ciudad Juárez dentro de su plataforma de coordinaciones territoriales; 140 son perfiles externos y 64 militantes.
De ellos, 18 manifestaron interés por la alcaldía.
Morena también avanza en sus propios procesos para definir coordinaciones y liderazgos rumbo a 2027.
El fenómeno, por supuesto, no pertenece exclusivamente a esos partidos.
PAN, Morena, Movimiento Ciudadano, PRI y cualquier fuerza que pretenda competir estarán obligados a construir posicionamiento.
Es política.
Lo interesante no es que existan aspirantes.
Lo verdaderamente revelador será observar qué harán esos aspirantes para convertirse en candidatos.
Porque una competencia basada fundamentalmente en encuestas produce un incentivo perverso; antes que construir buenos gobernantes, puede comenzar a fabricar personajes conocidos.
Y conocimiento no es sinónimo de capacidad.
Un candidato puede ser muy conocido y extraordinariamente incompetente.
Puede tener cien mil seguidores y no comprender un presupuesto público.
Puede recorrer cincuenta colonias y desconocer cómo funciona una licitación.
Puede regalar toneladas de apoyos sin tener idea de cómo combatir estructuralmente la pobreza.
Puede producir videos extraordinarios y no saber interpretar un indicador de seguridad pública.
Ésa es una de las trampas de la política contemporánea; confundir popularidad con liderazgo.
La política del algoritmo
Las redes sociales introdujeron otra distorsión.
El algoritmo premia aquello que genera reacción inmediata.
Una denuncia espectacular obtiene más atención que seis meses de seguimiento administrativo.
Un pleito entre políticos genera más reproducciones que una propuesta presupuestal.
Un video entregando ayuda produce más emociones que un documento técnico explicando cómo resolver estructuralmente el problema.
Por eso la política comienza a adaptarse al algoritmo.
Los mensajes se simplifican.
Los conflictos se exageran.
Las causas se personalizan.
Los problemas se convierten en escenarios narrativos.
El aspirante necesita parecer cercano, indignado, sensible, fuerte, popular o divertido dependiendo del segmento que quiera conquistar.
Cada publicación suma unos cuantos puntos de “aura”.
Cada recorrido produce material.
Cada reunión genera fotografías.
Cada fotografía alimenta reconocimiento.
Y cada reconocimiento puede terminar convertido en una respuesta favorable cuando llegue la llamada de una encuestadora:
“¿Conoce usted a…?”
Ahí está la cosecha.
No necesariamente importa que el ciudadano pueda explicar qué hizo esa persona.
Basta con que recuerde su nombre.
El problema no es ayudar
Sería igualmente injusto caer en el extremo contrario.
La gestión social importa.
Entregar una silla de ruedas puede cambiar la vida de una persona.
Conseguir medicamentos importa.
Ayudar a reparar una escuela importa.
Organizar una comunidad importa.
Escuchar a una familia importa.
Ninguna crítica seria debería ridiculizar esas acciones.
La diferencia está en una pregunta elemental;
¿qué sucede después de la fotografía?
Ahí se separa el activismo auténtico del farmeo político.
Si después viene seguimiento, organización, exigencia institucional, resultados y rendición de cuentas, estamos frente a trabajo comunitario.
Si después viene únicamente otra publicación desde otra colonia, probablemente estamos frente a marketing electoral.
La política social verdadera tiene memoria
El farmeo necesita novedad permanente.
Por eso abandona rápidamente los problemas viejos.
El algoritmo necesita historias nuevas.
La comunidad, en cambio, necesita soluciones.
Juárez debería elevar el precio del voto
Aquí aparece también una responsabilidad ciudadana.
Durante décadas hemos exigido poco a quienes buscan gobernarnos.
Una despensa.
Una gestión.
Un evento.
Una fotografía.
Un discurso.
Una publicación diciendo “aquí estamos”.
Eso no debería ser suficiente.
Ciudad Juárez necesita elevar dramáticamente el precio político de su voto.
No en dinero.
En resultados.
Cuando llegue un aspirante a una colonia, la pregunta no debería ser:
“¿Qué nos trae?”
Debería ser:
“¿Qué ha resuelto?”
Cuando alguien presuma cinco años de servicio público, la pregunta tendría que ser.
“¿Cuáles indicadores mejoraron durante esos cinco años?”
Cuando alguien diga conocer profundamente Juárez.
“¿Cuál es su diagnóstico sobre agua, movilidad, educación, salud, seguridad y crecimiento urbano?”
Y cuando alguien prometa transformar una comunidad.
“¿Cuánto cuesta, de dónde saldrá el dinero, qué dependencia lo ejecutará y en cuánto tiempo podremos medirlo?”
Ese cambio ciudadano destruiría buena parte del farmeo político.
Porque obligaría a los aspirantes a pasar de la fotografía al resultado.
Del influencer al gobernante
Juárez no necesita cincuenta nuevos influencers políticos.
Necesita liderazgos capaces de comprender una ciudad extraordinariamente compleja.
Una frontera industrial que genera riqueza pero mantiene enormes zonas de pobreza.
Una ciudad que construye vivienda antes que infraestructura.
Que abre fraccionamientos antes que escuelas.
Que expande manchas urbanas antes que transporte.
Que genera empleos mientras miles de trabajadores invierten horas de su vida trasladándose.
Que recauda, produce y exporta enormes cantidades de valor, mientras muchas colonias continúan esperando pavimento, parques, centros de salud, seguridad o espacios educativos.
Esos problemas no caben en un reel.
Y no se solucionan con veinte mil reproducciones.
Se necesitan presupuestos, indicadores, planeación, negociación política, conocimiento técnico, continuidad administrativa y, sobre todo, carácter para enfrentar intereses.
Gobernar es bastante menos espectacular que hacer campaña.
Quizá por eso tantos políticos disfrutan mucho más la segunda.
La pregunta para 2027
La gran batalla electoral de Ciudad Juárez podría terminar reducida a una gigantesca competencia por reconocimiento.
Quién aparece más.
Quién recorre más.
Quién publica más.
Quién organiza más eventos.
Quién logra más fotografías.
Quién consigue mejores números en las encuestas internas.
Pero una ciudad con los problemas estructurales de Juárez debería exigir algo mucho más sofisticado.
No preguntar quién tiene más territorio.
Preguntar qué ha hecho con el territorio que dice representar.
No quién conoce más líderes de colonia.
Sino cuántos problemas comunitarios consiguió resolver junto con ellos.
No quién aparece abrazando más personas.
Sino quién logró modificar una política pública para beneficiar a esas personas.
No quién tiene mejores videos.
Sino quién tiene mejores resultados.
No quién acumuló más aura.
Sino quién acumuló más soluciones.
Porque existe una enorme diferencia entre sembrar políticamente una comunidad y cosechar electoralmente su necesidad.
Lo primero construye ciudadanía.
Lo segundo simplemente la utiliza.
En los próximos meses veremos políticos descubriendo colonias que parecían no existir, funcionarios multiplicando recorridos, aspirantes abrazando causas, organizaciones apareciendo repentinamente y redes sociales inundadas de una nueva sensibilidad comunitaria.
Habrá que observarlos.
Pero sobre todo habrá que hacer algo que pocas veces hacemos; llevar la cuenta.
Quién llegó.
Qué prometió.
Qué gestionó.
Qué resolvió.
Y quién regresó cuando ya no había cámaras.
Porque al final ésa podría ser la mejor vacuna contra el farmeo político en Ciudad Juárez.
La memoria.
En una política diseñada para producir imágenes que duran 24 horas, recordar puede convertirse en el acto ciudadano más subversivo de todos.
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