MARTES 24 MARZO 2026
Es muy probable que el Partido Acción Nacional termine por decantarse en Chihuahua por un método que, aunque no es nuevo, sí resulta cada vez más necesario: la elección abierta a la ciudadanía, al menos en lo que respecta a la candidatura a la gubernatura.
Se trata de un ejercicio que, en esencia, fortalece la legitimidad. El voto directo no solo amplía la base de participación, sino que también obliga a quienes aspiran a construir una narrativa más incluyente, menos cupular. Y hay algo más: quien resulte ganador no solo obtiene una candidatura, sino una plataforma real para consolidar un proyecto político y, antes de la contienda constitucional, emprender la indispensable operación de cicatrización con los grupos internos que no resultaron favorecidos.
Cuando esta fórmula se aplica correctamente, reduce márgenes de duda. Funciona, en muchos casos, como una suerte de primarias que superan en precisión a las encuestas, a las candidaturas de unidad —frecuentemente simuladas— y a las convenciones tradicionales, donde el control interno suele pesar más que la voluntad militante o ciudadana.
Si el Consejo Político Estatal aprueba este mecanismo el próximo 28 de marzo, el PAN no solo estaría definiendo un método de selección, sino también asumiendo un riesgo calculado: exponerse a una medición real de su fuerza frente a sus adversarios, particularmente Morena. No es menor. Abrirse implica también exhibirse.
Sin embargo, en el contexto actual, donde competir contra el aparato oficial representa un desafío mayúsculo —por su estructura, recursos y capacidad de movilización—, apostar por la apertura puede ser no solo una decisión ética, sino estratégica. Si la nueva filosofía del partido apunta a acercarse a la sociedad, a reconstruir confianza y a ampliar su base, entonces las elecciones internas abiertas no son una opción decorativa, sino un paso en la dirección correcta.
El reto, como siempre, no está en el método, sino en su ejecución.
El Músculo de Cruz Pérez Cuéllar por Chihuahua. ¿Y Andrea?
Las pasiones comienzan a desbordarse y el tablero político en Chihuahua ya no admite simulaciones. Morena y el PAN han empezado a afilar estrategias, y el ambiente se siente tenso, vibrante, como cuerda de mariachi en pleno son.
Por el lado de Morena, los movimientos dejaron de ser sutiles. Cruz Pérez Cuéllar decidió dar un paso al frente sin rodeos y se destapó en la capital del estado con un mensaje claro: quiere la gubernatura. No fue una visita discreta ni de cortesía. Llegó acompañado, arropado, con estructura y símbolos de respaldo que no dejan lugar a interpretaciones. Diputados, su círculo cercano y hasta su propia red de apoyo formaron parte de una escena cuidadosamente construida para proyectar fuerza y alcance más allá de Ciudad Juárez.
El mensaje fue directo: su proyecto no es local, es estatal.
En ese mismo carril, aunque con menor reflectores el fin de semana, Andrea Chávez también busca la misma candidatura. Sin embargo, la coyuntura mediática no le favoreció. En política, los silencios pesan tanto como los discursos, y cuando un actor ocupa el escenario completo, los demás quedan momentáneamente relegados. No es definitivo, pero sí revelador del ritmo que empieza a marcar la contienda interna.
Mientras tanto, en otra latitud, el PAN también mueve sus piezas. Desde la Ciudad de México, la gobernadora Maru Campos apareció junto al dirigente nacional Jorge Romero, en un mensaje que busca marcar diferencia: apertura total rumbo a 2027.
El discurso de los panistas apunta a romper con prácticas que históricamente les han costado credibilidad. Prometen procesos sin dedazos, sin “corcholatas”, con mecanismos más modernos: registros digitales, entrevistas y hasta debates. En el papel, suena a un modelo más competitivo, más transparente, incluso más democrático.
Pero la pregunta inevitable es si esa apertura será real o solo narrativa.
Porque en ambos frentes, más allá del método, lo que está en juego es el control político del estado. Morena apuesta por la movilización, la estructura y las figuras con posicionamiento territorial. El PAN, por su parte, intenta reconstruirse desde la institucionalidad y vender una imagen de renovación.
El contraste es claro: músculo contra método.
Y en medio de esa tensión, lo único seguro es que la carrera ya comenzó. No hay tiempos oficiales, pero sí señales inequívocas. Las definiciones internas, lejos de ser procesos administrativos, serán auténticas batallas políticas donde se medirán no solo aspiraciones, sino capacidades reales de operación, convocatoria y resistencia.
Porque si algo queda claro, es que en Chihuahua nadie está dispuesto a quedarse atrás.
El Campo Como Territorio Político
Por alguna razón —que no parece casual y más bien apunta a la mano experimentada del exgobernador José Reyes Baeza Terrazas— el alcalde capitalino Marco Bonilla decidió voltear hacia uno de los bastiones políticos más tradicionales del estado: el campo.
Y no fue una visita menor. El fin de semana, Bonilla se dejó caer en esa región con una agenda que, más allá del discurso, tuvo un claro sello de operación política. La convocatoria reunió a productores de diversos municipios, se dice que 18 delegados, en un evento que funcionó tanto como termómetro territorial como mensaje hacia dentro y fuera de su partido.
No es un dato menor el origen de esa movilización. Municipios como Cuauhtémoc, Nonoava, Carichí y Namiquipa, entre 14 más, no solo representan actividad agrícola, sino también peso electoral. Históricamente, esa franja ha sido clave en la definición de elecciones, y quien logre tejer ahí una estructura sólida, parte con ventaja en cualquier proyecto estatal.
El contexto tampoco es casual. El abandono al campo por parte de la federación ha generado un caldo de cultivo político que comienza a ser aprovechado por actores locales. Los apoyos, claramente insuficientes, no alcanzan para cubrir necesidades básicas: alimentación, combustibles, servicios o medicinas. En ese escenario, los programas sociales —como las becas de 3 mil 200 pesos mensuales— resultan más simbólicos que efectivos.
A ello se suma una narrativa que empieza a consolidarse en ciertos sectores: la percepción de que los recursos federales han sido mal administrados, diluidos entre corrupción y mala operación durante los últimos años. Independientemente de su precisión, esa narrativa ya está instalada y comienza a tener efectos políticos.
En ese terreno, Bonilla encontró una oportunidad.
Lograr congregar a alrededor de mil 500 productores no es un asunto espontáneo. Implica estructura, operación y acuerdos previos. Es, en términos políticos, una señal de que el alcalde capitalino no solo está construyendo discurso, sino también presencia territorial fuera de su zona de confort.
La pregunta de fondo es si este tipo de movimientos responden únicamente a la coyuntura o forman parte de una estrategia más amplia rumbo a lo que viene.
Porque en política, el campo no solo produce alimentos.
También produce votos.
TIMING POLITICO





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