Guadalupe Parada Gasson
SABADO 10 0CTUBRE 2026
La igualdad no consiste en sustituir el predominio de los hombres por el de las mujeres, sino en garantizar que el poder esté en manos de quienes tengan capacidad, preparación y compromiso para ejercerlo
Por Guadalupe Parada Gasson
La política mexicana tiene una deuda histórica con las mujeres.
Negarlo sería desconocer décadas de exclusión, discriminación y violencia.
Sin embargo, reconocer esa realidad no significa aceptar que el feminismo se convierta en un instrumento de conveniencia política, ni que la condición de género sustituya los criterios de preparación, experiencia y capacidad para gobernar.
Esa es precisamente la discusión que ha colocado sobre la mesa Andrea Chávez Treviño, senadora con licencia y recién designada coordinadora municipal de Morena en Ciudad Juárez, después de sus declaraciones del 7 de octubre de 2026, cuando anunció que su eventual proyecto de gobierno estaría integrado por numerosas mujeres jóvenes y lanzó una frase que resume el tono de su posicionamiento: “Agárrense, que les va a tocar”.
Durante aquella conferencia, Chávez sostuvo que una de sus principales aspiraciones es permitir que las mujeres participen en política sin enfrentar violencia machista. Afirmó confiar en el talento, la experiencia y el liderazgo femenino, y señaló que la misoginia continúa frenando su desarrollo político.
Su planteamiento parte de una realidad demostrable; de acuerdo con el Instituto Nacional Electoral, en las elecciones municipales de 2024, solo 16 de las 67 presidencias municipales de Chihuahua fueron ganadas por mujeres, equivalentes al 23.9 por ciento, frente a 51 hombres. En el ámbito nacional, el INEGI reportó el 19 de marzo de 2026 que, al cierre de 2024, únicamente el 24.9 por ciento de las presidencias municipales y alcaldías registradas estaban encabezadas por mujeres.
Las cifras justifican políticas para ampliar su participación. Lo que no justifican es convertir el género en un certificado automático de idoneidad para ejercer el poder.
También debe reconocerse que Andrea Chávez ha enfrentado ataques que rebasan la crítica política legítima.
Una investigación publicada por Animal Político el 3 de abril de 2025 identificó operaciones de publicidad digital contra la legisladora, con pagos registrados por al menos 561 mil pesos, que incluyeron imágenes manipuladas y contenidos de carácter misógino.
Esas prácticas merecen rechazo, independientemente del partido al que pertenezca la persona afectada.
Pero existe una diferencia fundamental entre combatir la violencia política de género y pretender que todo cuestionamiento público deba interpretarse bajo esa categoría.
La Sala Superior del Tribunal Electoral ha establecido que una crítica severa contra una mujer no constituye automáticamente violencia política por razón de género.
La distinción adquirió relevancia el 23 de septiembre de 2026, cuando el Tribunal Estatal Electoral de Chihuahua resolvió, por mayoría, que no se acreditó esa infracción en las expresiones denunciadas por Chávez contra el diputado panista José Alfredo Chávez Madrid; una magistrada disintió.
El antecedente demuestra que cada acusación exige pruebas, contexto y análisis jurídico, no únicamente una interpretación política.
La contradicción que ahora merece examinarse no está en que Andrea Chávez quiera impulsar a más mujeres, aspiración legítima y necesaria, sino en el riesgo de utilizar el género como principal argumento para integrar un equipo de gobierno.
Su declaración no equivale a anunciar la exclusión de todos los hombres; de hecho, también habló de un gobierno para todas y todos.
Pero cuando una dirigente anticipa con entusiasmo quiénes ocuparán los espacios a partir de su condición de mujeres jóvenes, antes de explicar cuáles serán los requisitos profesionales, experiencia administrativa o resultados que deberán acreditar, deja abierta una pregunta inevitable; ¿se pretende construir el mejor gobierno posible o un gobierno cuya principal carta de presentación sea la identidad de quienes lo integran?
La igualdad sustantiva exige abrir oportunidades, no reemplazar la evaluación de capacidades por una consigna política.
El cuestionamiento adquiere mayor profundidad al revisar el propio proceso que llevó a Chávez a su nueva posición.
El 5 de octubre de 2026, Morena la designó coordinadora municipal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Ciudad Juárez, después de que Cruz Pérez Cuéllar obtuviera la coordinación estatal rumbo a la gubernatura de 2027.
La designación municipal se realizó, según documentó, sin que todavía existiera una convocatoria general para esas coordinaciones.
Resulta entonces pertinente preguntar por la transparencia de los mecanismos internos de selección.
Si el discurso político reivindica igualdad de oportunidades, renovación generacional y rechazo a los privilegios, esos principios deberían comenzar dentro del propio partido.
No basta con combatir las estructuras tradicionales de poder mediante discursos; hay que demostrar que los nuevos liderazgos no reproducen las mismas prácticas de designación discrecional.
El feminismo, entendido como la defensa de la igualdad de derechos y oportunidades, no debería convertirse en una frontera entre hombres y mujeres ni en una herramienta de blindaje frente al escrutinio público.
Una mujer no necesita justificar su liderazgo por ser mujer, sino que tiene derecho a ejercerlo y a demostrar sus capacidades en condiciones equitativas.
Del mismo modo, un hombre no debe quedar descartado por su sexo.
La experiencia, la honestidad, la capacidad técnica, la sensibilidad social y los resultados deben tener un peso determinante, respetando las obligaciones legales de paridad y no discriminación.
La verdadera transformación no consiste en cambiar el género de quienes concentran el poder, sino en modificar los criterios con los que ese poder se distribuye, se ejerce y se fiscaliza.
Ciudad Juárez enfrenta problemas demasiado graves para reducir su futuro administrativo a un debate de identidades.
La inseguridad, el rezago en infraestructura, la insuficiencia de servicios públicos, el deterioro urbano y las necesidades sociales de miles de familias requieren funcionarios capaces de administrar presupuestos, dirigir instituciones, resolver crisis y rendir cuentas.
La ciudad no necesita saber solamente cuántas mujeres jóvenes podrían integrar un eventual gabinete de Andrea Chávez; necesita conocer qué perfiles tendrán experiencia en seguridad pública, finanzas municipales, desarrollo urbano, obra pública y políticas sociales.
También necesita saber cómo se evaluarán sus resultados y qué mecanismos impedirán que los nombramientos respondan a lealtades personales o acuerdos políticos.
Andrea Chávez tiene pleno derecho a defenderse de las agresiones machistas, a reivindicar su trayectoria y a promover el liderazgo femenino.
Lo que no puede pretender ningún personaje público, hombre o mujer, es que su discurso de igualdad quede exento de un examen de congruencia.
Si la senadora aspira a representar una nueva generación política, debe demostrar que la renovación no se limita a cambiar rostros, edades o géneros, sino que transforma las reglas de acceso al poder.
Porque un gobierno integrado mayoritariamente por mujeres puede ser extraordinariamente competente, como también puede fracasar si sus integrantes carecen de preparación; exactamente lo mismo sucede con uno encabezado por hombres.
El verdadero desafío de Andrea Chávez no será demostrar que las mujeres pueden gobernar. Eso está demostrado desde hace mucho tiempo.
Su desafío será acreditar que quienes la acompañen serán las personas mejor preparadas para atender los problemas de Ciudad Juárez.
La ciudad no necesita un gobierno de hombres contra mujeres, ni de mujeres contra hombres.
Necesita un gobierno de capacidades, resultados y responsabilidad pública. Porque cuando el género se convierte en argumento suficiente para acceder al poder, la igualdad corre el riesgo de dejar de ser un principio democrático para convertirse en una nueva forma de repartir privilegios.
Y eso, independientemente de quién lo promueva, está muy lejos de representar una verdadera transformación.
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