JUEVES 23 ABRIL 2026
El discurso de Claudia Sheinbaum en la IV Cumbre Democrática enlaza la Revolución Mexicana, la Constitución de 1917, el legado de Cárdenas, Frida Kahlo, Cuba y el movimiento estudiantil de 1968, reafirmando justicia social, soberanía y dignidad como valores centrales de la Cuarta Transformación.
POR JACK RO
La tercera parte de la intervención de la presidenta Claudia Sheinbaum inicia en la segunda fase, conocida como el levantamiento de la primera revolución del siglo XX, predominantemente agraria, que tuvo como lema “La tierra es de quien la trabaja” y “Tierra y libertad”. Este espíritu de libertad, que ya se buscaba desde la independencia en 1810 con Hidalgo y su abolición de la esclavitud, se reafirmó en el esfuerzo de transformarlo en 1910.
En la IV Cumbre Democrática, celebrada en Barcelona, España, la presidenta no situó su discurso en torno a los episodios oscuros de la historia mexicana, marcados por actos antidemocráticos como la dictadura del Porfiriato y las invasiones al territorio nacional. Estos acontecimientos, aunque fundamentales para comprender la fragilidad de la democracia en México, fueron excluidos de su intervención por representar un legado contrario a los valores democráticos.
Los antecedentes son numerosos y han sido analizados por eruditos de distintas corrientes, tanto en instituciones laicas como eclesiásticas, que en ocasiones intentaron justificar o perpetuar modelos políticos ajenos al espíritu revolucionario del México independiente.
Tales fracturas e incongruencias han lastimado el esfuerzo de las luchas populares, pues cada imposición antidemocrática ha significado un retroceso en la dignidad de un pueblo que, entre muchos pueblos, ha buscado abrirse al mundo con sinceridad, afecto y amor por la vida y la humanidad.
La historia mexicana en el Porfiriato fue un régimen que modernizó al país, pero a costa de la democracia y la justicia social. La Revolución Mexicana surge como respuesta a esa contradicción. Algunos pensadores matizan que el legado de Díaz no fue únicamente negativo, pues también dejó infraestructura y crecimiento económico.
Sheinbaum hace referencia a los caudillos que encabezaron el derrocamiento del tirano Porfirio Díaz, cuyo levantamiento inició el 20 de noviembre de 1910 en Ciudad Juárez y culminó con su salida del país el 11 de mayo de 1911.
Su partida fue lamentada por sectores burgueses que se beneficiaron de su régimen, pues si bien el país experimentó crecimiento económico y modernización —como algunos historiadores lo señalan— no puede ignorarse la traición a la democracia que cometió este general. Díaz sometió a la sociedad al hambre y la miseria, negando los principios de dignidad de un pueblo que fue explotado por hacendados a quienes sirvió fielmente.
El discurso se centra en los caudillos de la Revolución Mexicana —Zapata, Villa, Madero, Carranza, Felipe Ángeles, Adela Velarde y Hermila Galindo— como símbolos de justicia social y democracia popular. Políticamente, esta selección no es casual: se privilegia a quienes encarnaron la lucha contra el Porfiriato y defendieron ideales agrarios, democráticos y de igualdad. Se excluyen figuras que, aunque relevantes históricamente, no representan el espíritu democrático (por ejemplo, los conservadores que defendieron privilegios de élites).
La Cuarta Transformación retoma estos valores como parte de su narrativa: justicia social, soberanía nacional y dignidad del pueblo frente a las élites. La presidenta se posiciona en continuidad con esa tradición, alejándose de los conservadores que históricamente frenaron el progreso democrático.
Vengo cubierta con el legado del General Lázaro Cárdenas, que cuando el mundo cerraba las puertas a los republicanos españoles, abrió las de México para recibir a quienes huían del dolor y de la guerra. Vengo de un país que abrazó al exilio y convirtió la solidaridad en acción.
Uno de los puntos más significativos de la intervención de la presidenta Claudia Sheinbaum fue la inclusión de Frida Kahlo. Aunque la referencia se hace a su papel como artista, su figura encierra un trasfondo político profundo: Kahlo acogió en su casa a León Trotski, líder revolucionario ruso, quien fue asesinado allí por un agente estalinista en 1940.
Este episodio vinculó directamente al movimiento comunista internacional con la historia política de México, mostrando que el arte y la política no son esferas separadas, sino que dialogan en la construcción de la memoria nacional.
Más allá de su fragilidad física, Kahlo se convierte en símbolo de la fuerza de los ideales socialistas que influyeron en el México posrevolucionario. Su vida y obra representan la capacidad de transformar el dolor en lucha y de convertir la creación artística en un acto político.
La presidenta, al mencionarla, enlaza este legado con los principios de la Constitución de 1917, que organizó jurídicamente al Estado mexicano tras la Revolución. No obstante, como bien señala la reflexión, una constitución no es una ideología: es una carta normativa que establece derechos y deberes, mientras que las ideologías —liberalismo, socialismo, conservadurismo— interpretan y dan dirección a esas normas.
En este sentido, el lenguaje político que Sheinbaum utiliza se mueve en esa frontera: por un lado, apela a conceptos normativos como soberanía, derechos e instituciones; por otro, se carga de significados ideológicos como justicia social, libertad, patria y pueblo. Así, su discurso se convierte en un puente entre lo normativo y lo simbólico, entre la letra de la ley y la fuerza de la memoria.
Mario Vargas Llosa calificó al PRI como “la dictadura perfecta”, al señalar que este partido traicionó los ideales de la Revolución Mexicana al convertirlos en un sistema presidencialista centralista, donde la ideología variaba según la conveniencia del presidente en turno.
Aunque en sus primeras décadas mantuvo cierta coherencia con los principios revolucionarios y con la tradición juarista de respeto a la soberanía, con el tiempo decayó el espíritu transformador y se consolidó un régimen autoritario disfrazado de democracia.
En política exterior, México sostuvo una línea diplomática independiente, ejemplificada en su relación con Cuba. Fidel Castro organizó parte de su expedición en México antes de partir hacia la Sierra Maestra, y en 1962 México fue el único país latinoamericano que se opuso al bloqueo estadounidense contra la isla. Este gesto reafirmó la política de no intervención y solidaridad con los pueblos hermanos.
Claudia Sheinbaum, en la IV Cumbre Democrática, retoma esa memoria histórica y la resignifica en clave contemporánea:
“Vengo a recordar que México ha sabido sostener sus principios incluso en soledad; que alzó la voz contra el bloqueo a Cuba en 1962, cuando otros guardaron silencio; que hasta la fecha creemos, hablando de esa pequeña isla del Caribe, que ningún pueblo es pequeño, sino grande y estoico cuando defiende su soberanía y el derecho a la vida plena.”
Así, su discurso se inscribe en la dialéctica histórica de la Revolución Mexicana y la Cuarta Transformación: rescatar los valores de justicia social, soberanía y dignidad del pueblo, en contraste con las contradicciones del presidencialismo priista y las élites conservadoras que frenaron el progreso democrático.
En este pasaje, la presidenta no sitúa explícitamente un tiempo ni un espacio, pero al hablar de la juventud mexicana puede asociarse con el movimiento estudiantil de 1968, que fue una de las hecatombes cruciales para los posteriores movimientos políticos e ideológicos de corte socialista en México. La historia nos enseña que los errores políticos acrecientan el sentir de un pueblo apasionado, febril luchador y justo, que se encuentra —como ya lo hemos señalado— entre su pasado y su presente solidario.
Sheinbaum habla de las bases juveniles de ambos sexos, subrayando que México es un país donde las generaciones se renuevan constantemente y donde la familia constituye el núcleo de la existencia social. Esta referencia puede leerse como una continuidad entre los caudillos revolucionarios de 1910 y los jóvenes del 68, quienes, desde distintos contextos, encarnaron la lucha por la justicia social y la democracia.
Cita textual del documento que leyó la presidenta Claudia Sheinbaum.
Vengo cubierta con el legado de Zapata, de Villa, de Madero, de Carranza, de Felipe Ángeles, de Adela Velarde y de Hermila Galindo; mujeres y hombres que en 1910 se levantaron no por ambición, sino por justicia; no por poder, sino por el derecho del pueblo de México a la democracia, a sus recursos naturales y a decidir sobre su propio destino.
Vengo cubierta con el legado del General Lázaro Cárdenas, que cuando el mundo cerraba las puertas a los republicanos españoles, abrió las de México para recibir a quienes huían del dolor y de la guerra. Vengo de un país que abrazó al exilio y convirtió la solidaridad en acción.
Vengo reconociendo la valentía de Frida Kahlo, que aun en la fragilidad física supo llenar de colores la lucha por la justicia. Vengo a recordar que México ha sabido sostener sus principios incluso en soledad; que alzó la voz contra el bloqueo a Cuba en 1962, cuando otros guardaron silencio; que hasta la fecha creemos, hablando de esa pequeña isla del Caribe, que ningún pueblo es pequeño, sino grande y estoico cuando defiende su soberanía y el derecho a la vida plena.
Vengo también de las y los jóvenes conscientes que todos los días luchan por un país libre, democrático y más justo; de mujeres y hombres que creen en la transformación pacífica, en la justicia social y en la dignidad humana como principio universal.
El discurso de Claudia Sheinbaum en la IV Cumbre Democrática se construye como una narrativa de continuidad histórica. Parte de la Revolución Mexicana y sus caudillos —Zapata, Villa, Madero, Carranza, Felipe Ángeles, Adela Velarde y Hermila Galindo— para subrayar la justicia social y la democracia popular como valores fundacionales. Contrasta con el Porfiriato, que modernizó al país pero traicionó la democracia, y con el presidencialismo priista que Mario Vargas Llosa llamó “la dictadura perfecta”.
La presidenta enlaza este legado con figuras como Lázaro Cárdenas, Frida Kahlo y la juventud del 68, mostrando que la memoria mexicana se renueva en cada generación. Además, reivindica la política exterior independiente de México, ejemplificada en la defensa de Cuba en 1962, como símbolo de soberanía y solidaridad.
El discurso se inscribe en una dialéctica histórica: rescata los ideales revolucionarios, denuncia las traiciones de las élites y proyecta hacia el presente los valores de la Cuarta Transformación. Sheinbaum convierte la historia en fuerza activa, donde la democracia no es solo un marco normativo, sino una ética de vida basada en justicia social, soberanía y dignidad. Su mensaje reafirma que México, desde sus caudillos hasta sus jóvenes, ha sabido sostener principios incluso en soledad, y que esa memoria es la base de su proyecto político contemporáneo.
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