Timing Político

La política tiene su propio Timing

Los partidos se están derrotando solos

Guadalupe Parada Gasson

SABADO 18 JULIO 2026

Por encima de cualquier adversario, el mayor enemigo de los partidos políticos está sentado en su propia mesa.
La política mexicana parece haber entrado en una etapa donde las victorias electorales ya no dependen exclusivamente de convencer al ciudadano, sino de sobrevivir a las guerras intestinas que consumen a los propios partidos.
Las confrontaciones dejaron de ser ideológicas.
Hoy predominan las disputas por el control de las dirigencias, las candidaturas, las posiciones plurinominales, el presupuesto, los grupos parlamentarios y los liderazgos regionales.
El debate sobre el país fue sustituido por el debate sobre quién controla el partido.
Y ese cambio tiene un costo enorme.
Cada renuncia, cada expulsión, cada declaración pública entre militantes, cada impugnación judicial y cada acusación de traición representan mucho más que un conflicto interno. Son un mensaje directo al electorado.
Un mensaje que dice:
«No hemos sido capaces de ponernos de acuerdo entre nosotros.»
¿Cómo puede una organización política ofrecer gobernabilidad cuando es incapaz de administrar su propia vida interna?
La ciudadanía observa.
Y castiga.
La confianza política no desaparece por un escándalo aislado; se erosiona lentamente por la repetición del conflicto. Cuando la sociedad observa pleitos permanentes entre quienes comparten colores, principios y documentos básicos, concluye que el problema no es la competencia democrática, sino la ausencia de proyecto.
Los partidos parecen olvidar una regla elemental de la ciencia política; las elecciones no solamente las gana quien suma votos; también las pierde quien pierde credibilidad.
La historia contemporánea mexicana está llena de ejemplos.
El PRI sobrevivió durante décadas gracias a una disciplina institucional que hoy prácticamente desapareció.
Cuando las corrientes internas comenzaron a resolverse mediante rupturas públicas, nacieron nuevos partidos y nuevos liderazgos.
El PRD nunca logró superar sus conflictos entre tribus políticas.
Aquellas disputas terminaron debilitando su identidad hasta convertirlo en una fuerza marginal.
El PAN también experimentó divisiones profundas entre doctrinarios, pragmáticos y grupos regionales que afectaron su cohesión después de ejercer el poder federal.
Incluso Morena, el partido con mayor fortaleza electoral del país, enfrenta cada vez con mayor frecuencia conflictos derivados de la competencia por las candidaturas, la sucesión de liderazgos y las diferencias entre grupos internos.
Nadie está exento.
Porque el desgaste institucional no distingue ideologías.
Existe una falsa creencia entre las dirigencias partidistas; pensar que el deterioro puede corregirse cambiando candidatos, sustituyendo dirigentes o realizando acuerdos de último momento.
No.
La confianza pública no funciona como una campaña publicitaria.
No basta cambiar el rostro si la organización conserva los mismos vicios.
No basta nombrar un nuevo presidente del partido si permanecen las mismas prácticas.
No basta incorporar nuevos cuadros cuando la militancia percibe que las decisiones siguen respondiendo a intereses de grupo.
La política moderna castiga la simulación.
Los ciudadanos cuentan con más información, comparan versiones, analizan trayectorias y detectan rápidamente las contradicciones entre el discurso y la conducta.
Por eso resulta cada vez más difícil ocultar una fractura interna.
Las redes sociales amplifican los conflictos.
Los medios documentan las diferencias.
La oposición las aprovecha.
Y los ciudadanos simplemente observan cómo quienes prometen gobernar ni siquiera logran gobernarse a sí mismos.
Las cifras respaldan esa percepción.
En México, los partidos políticos figuran sistemáticamente entre las instituciones que generan menor confianza ciudadana, muy por debajo de otras organizaciones públicas.
La desconfianza institucional no es un fenómeno coyuntural; es una tendencia que se ha consolidado durante años.
La consecuencia política es evidente.
Menos militancia.
Menos participación.
Más abstencionismo.
Mayor volatilidad electoral.
Y un número creciente de ciudadanos que votan no por convicción, sino por descarte.
Lo verdaderamente preocupante es que muchos partidos siguen interpretando sus derrotas como un problema de comunicación.
Creen que necesitan mejores estrategas.
Más publicidad.
Campañas más creativas.
Mayor presencia en redes sociales.
Se equivocan.
El problema no es de mercadotecnia.
Es de legitimidad.
La confianza no se compra con espectaculares.
Se construye con congruencia.
Los ciudadanos ya no buscan partidos perfectos; buscan instituciones predecibles, transparentes y capaces de resolver sus diferencias sin convertirlas en espectáculos públicos.
En política existe una máxima que hoy cobra más vigencia que nunca; ningún adversario puede destruir con tanta eficacia a un partido como sus propios militantes cuando olvidan que la unidad no significa uniformidad, sino capacidad para procesar las diferencias.
México necesita partidos fuertes, no porque sean indispensables para las élites, sino porque son indispensables para la democracia.
Pero un partido fuerte no es el que concentra más poder.
Es el que inspira más confianza.
Mientras las dirigencias continúen dedicando más tiempo a derrotar a sus compañeros que a convencer a la ciudadanía, el desenlace será inevitable.
No será la oposición quien los derrote.
No será el gobierno.
No serán los medios.
Serán ellos mismos.
Y cuando un partido decide librar su principal batalla contra su propia estructura, la elección ya comenzó perdida mucho antes de que se instale la primera casilla.

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