Guadalupe Parada Gasson
SABADO 23 MAYO 2026
La soberanía no se defiende con discursos incendiarios ni con patriotismo de ocasión.
La soberanía se ejerce.
Y en México hace años que dejamos de ejercerla mientras fingimos indignación selectiva cada vez que conviene políticamente.
Ya basta de tanta doble moral.
Nos rasgamos las vestiduras hablando de “violación a la soberanía nacional” cuando hasta los calzones son marca estadounidense. Consumimos productos de Estados Unidos, cruzamos todos los fines de semana “el charquito” para ir de compras, a comer, a vacacionar, a trabajar o estudiar.
Miles viven del otro lado, dependen económicamente del otro lado y aspiran al estilo de vida del otro lado.
Pero cuando aparece un tema políticamente rentable, entonces sí nos convertimos en guardianes furiosos de la patria.
Qué conveniente patriotismo.
Se crucifica políticamente a quien resulta oposición, se usa el discurso nacionalista como arma electoral y se manipula la narrativa para alimentar odio, polarización y distractores.
Pero pocos se atreven a hablar del verdadero tamaño del problema.
México perdió hace mucho tiempo el control total de regiones enteras dominadas por el crimen organizado, la corrupción y la impunidad.
¿Dónde estaba la soberanía nacional cuando los cárteles comenzaron a imponer gobiernos de facto en municipios completos?
¿Dónde estaba cuando policías, alcaldes, funcionarios y corporaciones enteras fueron infiltradas?
¿Dónde estaba cuando el miedo desplazó al Estado?
Nos llena la boca gritando “intervencionismo” mientras caminamos diariamente sobre un territorio fracturado por la ingobernabilidad.
Un país donde hay comunidades enteras donde manda más un grupo criminal que una institución.
Ahí sí guardan silencio muchos de los “defensores” de la soberanía.
Porque la soberanía no significa únicamente que ningún país extranjero intervenga militar o políticamente.
La soberanía verdadera implica que el Estado tenga capacidad real de garantizar seguridad, justicia, legalidad, control territorial, independencia institucional y protección de sus ciudadanos. Significa que las decisiones nacionales respondan al interés público y no a pactos políticos, criminales o económicos.
Y justamente ahí es donde México está profundamente vulnerado.
La actual forma de gobierno federal ha utilizado la soberanía como escudo retórico mientras, en los hechos, el país enfrenta una de las etapas más delicadas de debilitamiento institucional.
Se habla de patria mientras se militariza todo.
Se habla de independencia mientras se depende comercialmente de Estados Unidos.
Se habla de dignidad nacional mientras millones de mexicanos tienen que buscar oportunidades fuera del país porque aquí el sistema les falló.
La contradicción es brutal.
Resulta irónico escuchar discursos encendidos contra la presencia de agentes extranjeros combatiendo un narcolaboratorio, mientras al mismo tiempo las drogas, el tráfico de armas, el lavado de dinero y la violencia siguen creciendo frente a nuestras narices. Más indignación genera la colaboración internacional que el hecho mismo de que existan estructuras criminales capaces de operar con semejante poder dentro del territorio nacional.
Eso no es defensa de la soberanía. Eso es propaganda.
La soberanía tampoco puede convertirse en excusa para ocultar incapacidades gubernamentales.
Un Estado verdaderamente soberano no necesita fabricar enemigos externos para justificar sus fracasos internos. Necesita instituciones fuertes, transparencia, legalidad y autoridad moral.
Y hoy lo que sobra son discursos vacíos y lo que falta son resultados.
México vive atrapado entre el nacionalismo de micrófono y la dependencia cotidiana. Entre políticos que usan la patria como bandera electoral y ciudadanos que prefieren mirar hacia otro lado mientras el país se desmorona en muchas regiones.
La pregunta incómoda es esta: ¿qué soberanía estamos defendiendo realmente?
¿La de los discursos o la del territorio?
¿La de las mañaneras o la de los ciudadanos secuestrados por el miedo?
¿La de los símbolos patrios o la de las instituciones que ya no logran sostener el orden?
Porque defender la soberanía no es gritar más fuerte.
Es tener un país donde la ley mande más que el crimen, donde la corrupción no gobierne y donde el Estado no necesite fingir fortaleza mientras pierde control en silencio.
Y esa conversación, por incómoda que sea, ya no puede seguir evitándose.
TIMING POLITICO

Más historias
CALAMBRES LA TORRE
Los escenarios que enfrentan Sheinbaum
DESAFUERO Y JUICIO POLÍTICO