DOMINGO 11 OCTUBRE 2026
Este artículo analiza críticamente las tensiones políticas recientes en Morena, Chihuahua y Ciudad Juárez, reflexionando sobre democracia interna, disciplina partidista y responsabilidad pública. Examina cómo el divisionismo, las disputas personales y la descalificación política pueden generar confusión, desencanto ciudadano y debilitamiento institucional.
POR JACK RO
Cd Juárez .- La vida democrática de los partidos políticos supone inevitablemente la existencia de desacuerdos, debates y confrontaciones internas. Estas diferencias forman parte de la naturaleza misma de la política y pueden contribuir al fortalecimiento de las instituciones cuando son canalizadas mediante mecanismos legítimos de deliberación.
No obstante, cuando las discrepancias dejan de expresarse a través de los cauces organizativos y se transforman en campañas de descalificación pública, la democracia interna corre el riesgo de convertirse en un factor de fragmentación que afecta no solamente a los partidos, sino también a la ciudadanía.
Los acontecimientos recientes registrados en Chihuahua y particularmente en Ciudad Juárez evidencian una situación que merece una reflexión crítica y autocrítica. Diversos actores políticos, tanto de la oposición como de grupos inconformes al interior de Morena, han utilizado los resultados de los procesos internos de selección como fundamento para cuestionar decisiones partidarias que, independientemente de las afinidades personales, fueron resultado de procedimientos políticos previamente establecidos.
Más allá de las diferencias legítimas, resulta necesario analizar cómo ciertas conductas pueden contribuir a la generación de confusión ideológica, desgaste institucional y desorientación ciudadana. La democracia interna y la aceptación de los resultados, uno de los principios fundamentales de cualquier organización democrática consiste en aceptar los resultados de los mecanismos de decisión una vez que éstos han sido formalmente concluidos.
La democracia no garantiza que todos los participantes obtengan el resultado deseado; garantiza, más bien, que existan procedimientos para resolver las diferencias de manera pacífica y legítima.
En este contexto, las decisiones promovidas por las dirigencias encabezadas por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, independientemente de las opiniones favorables o desfavorables que puedan suscitar, forman parte de un proceso político que se presentó como resultado de evaluaciones, negociaciones y acuerdos internos. Desde esta perspectiva, la definición de candidaturas y posiciones de representación constituye un hecho político consumado dentro de la dinámica organizativa del partido.
La inconformidad posterior es legítima dentro de los márgenes del debate político. Lo que resulta problemático es cuando dicha inconformidad abandona el terreno de la crítica argumentada para convertirse en una narrativa de confrontación permanente que pretende deslegitimar cualquier resolución que no coincida con intereses particulares o de grupo. La democracia exige participación, pero también exige responsabilidad frente a los resultados.
El riesgo del divisionismo interno, uno de los fenómenos más delicados en la vida de cualquier partido político es el divisionismo. Históricamente, muchas organizaciones han experimentado procesos de debilitamiento cuando las disputas internas terminan ocupando un lugar más importante que los objetivos colectivos.
Desde una perspectiva autocrítica, Morena enfrenta actualmente el desafío de demostrar que su cohesión política depende de principios y proyectos compartidos, y no únicamente de coyunturas electorales. La existencia de corrientes internas es normal e incluso saludable. Lo que deja de ser saludable es la sustitución del debate ideológico por la confrontación personal.
Cuando algunos liderazgos utilizan los medios de comunicación, las redes sociales o los espacios públicos para cuestionar constantemente las decisiones institucionales una vez concluidos los procesos democráticos internos, el mensaje que recibe la ciudadanía es contradictorio. Por una parte se defiende la democracia interna; por otra, se desacreditan los resultados producidos por esa misma democracia cuando éstos no favorecen determinados intereses.
Esta contradicción genera incertidumbre entre los simpatizantes y debilita la credibilidad de las instituciones partidarias. La disciplina política no significa obediencia ciega ni renuncia a la crítica. Significa reconocer que las organizaciones requieren reglas mínimas de convivencia para evitar que las diferencias se conviertan en conflictos permanentes.
La responsabilidad frente a la ciudadanía, quizá el aspecto más preocupante de estas confrontaciones no radica en sus consecuencias internas, sino en los efectos que producen sobre la sociedad. La ciudadanía observa con atención los comportamientos de quienes aspiran a ocupar responsabilidades públicas.
Cuando los actores políticos privilegian las disputas personales sobre la construcción de propuestas, se genera una percepción de inmadurez política que termina alimentando el desencanto democrático.
Los ciudadanos esperan de sus representantes capacidad de diálogo, tolerancia frente a las diferencias y disposición para construir consensos. Cuando predominan los discursos de confrontación, las acusaciones mutuas y las campañas de desprestigio, la atención pública se desplaza de los problemas reales hacia conflictos internos cuya relevancia para el bienestar colectivo resulta limitada.
En una entidad como Chihuahua, donde persisten desafíos relacionados con el desarrollo económico, la seguridad, la movilidad urbana, los derechos sociales y la gobernabilidad, resulta difícil justificar que gran parte de la discusión política se concentre en disputas derivadas de posiciones personales o aspiraciones no satisfechas.
La política pierde legitimidad cuando deja de orientarse hacia el interés público.
Autocrítica: las limitaciones de la cultura partidista No obstante, una evaluación equilibrada obliga también a reconocer que las tensiones actuales no pueden atribuirse únicamente a quienes expresan inconformidad. Las dirigencias partidarias tienen la responsabilidad de fortalecer los mecanismos de comunicación interna, transparentar sus decisiones y generar espacios donde las diferencias puedan discutirse antes de transformarse en conflictos públicos.
La disciplina política no puede sostenerse exclusivamente mediante llamados a la unidad. Requiere confianza institucional, claridad en los procedimientos y certeza respecto a los criterios utilizados para las decisiones estratégicas. Cuando sectores importantes de la militancia expresan malestar, los liderazgos deben preguntarse no solamente por las motivaciones de los inconformes, sino también por las posibles deficiencias de los procesos internos que pudieron contribuir a esas percepciones. La autocrítica es un componente indispensable de toda organización democrática.
Las controversias políticas recientes en Ciudad Juárez y Chihuahua constituyen una oportunidad para reflexionar sobre el significado de la democracia interna y la responsabilidad pública de los actores políticos. La crítica es legítima, necesaria e incluso saludable. Sin embargo, cuando se transforma en confrontación permanente, termina debilitando los proyectos colectivos y generando confusión entre la ciudadanía.
Si las decisiones partidarias derivaron de procesos democráticos reconocidos por la propia organización, corresponde a todos los actores actuar con madurez política, privilegiando la unidad institucional por encima de las preferencias individuales. La discrepancia puede enriquecer la democracia; el divisionismo sistemático, en cambio, suele empobrecerla.
La ciudadanía no espera unanimidades artificiales, pero sí exige coherencia, responsabilidad y compromiso con el interés común. En una época marcada por la desconfianza hacia las instituciones, la mejor pedagogía política sigue siendo el ejemplo de una democracia capaz de debatir con firmeza, aceptar los resultados y construir consensos sin renunciar a sus principios.
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