LUNES 04 MAYO 2026
POR JACK RO
Claudia Sheinbaum sostiene su gobierno en el humanismo mexicano, enfrentando presiones externas e internas. Entre la memoria cultural y los desafíos constitucionales, México reafirma su soberanía: la Constitución como ente absoluto guía la lucha por justicia social, independencia y autenticidad nacional.
La presidenta de México, Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, enfrenta las estrategias de los sectores conservadores y las presiones injerencistas de Estados Unidos, presentes desde la guerra de 1846–1848 hasta la actualidad.
Su gobierno se sostiene en el humanismo mexicano, una doctrina que coloca en el centro al pueblo: “Por el bien de todos, primero los pobres”. Una doctrina que coloca en el centro al pueblo y que busca superar las injerencias históricas primero la de los Españoles después la de Estados Unidos en seguida la de Maximiliano y Carlota en la política nacional.
Este modelo no responde ni al capitalismo ni al comunismo, sino a los preceptos históricos de un país que ha librado luchas de clases, resistencias contra el racismo y batallas ideológicas.
México se configura en tres grandes superáreas culturales: Mesoamérica, con raíces indígenas profundas; Aridamérica, marcada por pueblos nómadas del norte; y Oasisamérica, donde se mezclan influencias agrícolas y vínculos con culturas norteamericanas.
Los gobiernos anteriores, subordinados a intereses externos, olvidaron la historia y al pueblo. Hoy, un grupo de políticos busca modificar ese patrón, orientando el país hacia la libertad, el progreso y la independencia.
Este proyecto se concibe como una reconstrucción espiritual y material de la nación: un retorno a las raíces y a la tierra como fuente de vida, donde la memoria cultural se convierte en guía para alimentar al pueblo y construir un futuro con justicia social y soberanía que han marcado la historia mexicana.
Actualmente, la autonomía de la nación enfrenta desafíos internos. El caso de la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos, acusada de permitir la intervención de agencias extranjeras sin autorización federal, constituye una anomalía constitucional que vulnera la soberanía y los artículos fundamentales de la Carta Magna.
A ello se suma la inesperada irrupción del gobernador de Sinaloa Rocha Moya en la escena política, señalado por presunta colusión con el narcotráfico, lo que evidencia la fragilidad institucional frente a poderes fácticos.
Estos episodios ponen en tensión la independencia de México como nación autónoma en sus tres poderes —legislativo, judicial y ejecutivo— y recuerdan que la Constitución es un ente absoluto, cuyas leyes y normas son inviolables para todos los ciudadanos.
No son estatutos para títeres ni para gobiernos extranjeros, sino el fundamento de la soberanía nacional.La crítica, entonces, no solo apunta a las presiones externas, sino también a las incongruencias internas que amenazan con convertir la Constitución en un instrumento vulnerable.
Defenderla significa reafirmar que México no puede ser subordinado ni por intereses internacionales ni por gobernantes que traicionen su mandato. La historia, la memoria y la voluntad popular deben ser la guía para reconstruir un país libre, justo y autónomo.
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